El otro día fui a uno de los mejores shows de payasos que he visto en mi vida. Un atípico show de un payaso (prefiero esta palabra al más popular Clown, y la uso con admiración y respeto) llamado Slava’s Snowshow.
Un viaje al (en mi interpretación) mundo onírico en el que refugiarnos cuando todo va mal, una invitación a soñar como los niños que fuimos (¿cuándo dejamos de ilusionarnos para convertirnos en adultos?), a jugar con amigos, ya sean reales o imaginarios, a sorprendernos de una escoba o hablar a una bombilla.
Un montaje muy elegante y discreto con un toque más a lo teatral que a lo circense, con una banda sonora sublime (la escena final, la cúspide al son de Fortuna Imperatrix Mundi es bestial) y un aire irreal que recuerda vagamente al Cirque du Soleil (no en vano ha colaborado con ellos en varias ocasiones y según su publicidad es el co-fundador).
Es increíble cómo, tomando un abrigo y un perchero te narra una historia de amor en una estación de tren, que arrancó varias sonrisas, cómo se sube a una cama con una escoba y navega los mares del pacífico, atestados de tiburobes…
Lo mejor de todo, fue, como al final, consiguió que todos olvidásemos por un momento la edad, los problemas y la seriedad para hacer al público jugar con balones que llenaron el teatro. En ese momento, Slava, se quitó su nariz de plástico y se sentó, sonriendo, a mirar al público, lanzándose papeles unos a otros, pasándose el balón. Y Slava, nos miraba, sonriendo, feliz de despertar al niño en nuestros corazones. El nos contó sus sueños y nosotros le regalamos nuestra ilusión.
El mundo necesita más Slavas…