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Muñequita

30-01-2010     (19 votos, 41 puntos)     6409 lecturas     2 comentarios
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Cuando por fin se pudo desclavar de las baldosas de la grandísima y abarrotada vía, rehizo su camino con pasos lentos. Su mente se había bloqueado. No lo aceptaba, no podía hacerlo. Y mientras intentaba restaurar de nuevo su frágil calma interior, para lo que se obligó a recordar todas las veces que había sucedido aquella misma escena en aquella misma calle; se repetía a sí mismo en voz baja:
-No, no, es imposible. No puede ser ella, no lo es...

I

Como escondiéndose, sin dejar de mirar a uno y otro lado, abandonó a paso rápido la calle Montera, aún abarrotada aunque las luces de la tarde otoñal se estuviesen extinguiendo. Lo último que vio antes de cerrar sus ojos con la primera ráfaga de aire de la calle fue su cara reflejada en los cristales oscuros que jalonaban la puerta del Sex Shop. Pudo ver su rostro cansado, sus ojos hundidos en las cuencas plagadas de arrugas, su pelo blanco y largo cayendo lacio a ambos lados de la cara. Y sobre todo se fijó en la mueca de sus labios, caída como si de ella tirara el peso de todos los años de soledad que cargaba sobre su espalda.
Se chocó con varias personas en su huída, que le miraron con una mezcla de enfado y desprecio ante su aspecto desaliñado, hasta que se confundió en la ola de gente sin rostro que se movía ante las ornadas fachadas que los rodeaban. Sólo entonces, sumido entre desconocidos, se tranquilizó y asió con ambas manos el objeto de su pecado, apretándolo contra su pecho en el esbozo de un abrazo.
Una caja mediana pintada de negro asomaba por una bolsa de plástico gruesa igualmente oscura y sin ninguna inscripción. En una pequeña etiqueta blanca pegada sobre la caja se podía leer una frase escrita a mano medio tapada por el extremo de la bolsa.
"Julia, muñequita de..."
Se movió rápidamente entre la gente que paseaba por doquier charlando animadamente. Dentro de dos días casi ninguno de ellos trabajaría; la fiesta del Pilar y un espléndido tiempo impropio para esa primera quincena de octubre había provocado que toda Madrid pareciese convocada a su alrededor aún dos días antes de la festividad preparando las pequeñas vacaciones que el calendario les regalaba, saliendo y entrando en las calles y en las bocas del metro como hormigas en un hormiguero. Buscó un camino libre entre el gentío por el que se movió hasta llegar a la ancha calle que le conduciría a su casa, en el corazón del colorido barrio de Lavapiés.
Callejeó casi sin aliento al ritmo más apresurado de sus deteriorados músculos. Las piernas le dolían cuando por fin introdujo la llave en la cerradura del portal en el que moraba. Subió los desiguales escalones hasta el último piso y, cerrando la puerta con el pestillo tras encender la luz, se arrojó en el sillón para recobrarse de la fatigosa carrera. Aflojó la presa sobre la caja negra depositándola suavemente sobre la mesita baja.
Varios minutos después, cuando su corazón dejó de brincar en su pecho, se levantó dirigiéndose a la cocina. Encendió la radio; sonó una música ligera que acompañaba a una voz cálida, suave, que hablaba a los oyentes de la festividad del Pilar que les aguardaba dentro de dos días. Quien lo desease podía llamar a los teléfonos que ella recitaba. Entonces le preguntaría: "¿Y qué harás tú este viernes del Pilar?" Se quedó un rato escuchando los planes de aquellos que la llamaban. Y ella, al concluir cada llamada, repetía de nuevo esos números de teléfono, acariciando con su voz cada uno de los rincones de la pequeña cocina.
Se hizo una cena ligera: un pequeño sándwich que mordisqueó mientras veía hervir un par de huevos en el mar salado que delimitaba la única cazuela que tenía. Cuando estuvieron listos los peló y cortó sobre un plato, bañándolos a continuación de una mayonesa espesa. Dejó la radio encendida y, apagando la luz de la cocina, se sentó de nuevo ante la mesita baja del salón.
Comió despacio. Su mirada estaba fija en la caja que descansaba ajena sobre la mesa, ante él. En la cocina la locutora de voz deliciosa se despedía hasta el día siguiente. "Mañana os espero aquí, como siempre, pero recordad que el viernes comienza este ansiado puente del Pilar, no tendremos programa porque yo estaré con todos vosotros en las calles, disfrutándolo..." Sonrió tristemente. Como cada día volvió a intentar imaginar un físico par esa locutora. Intentó verla allí, a su lado, y quien que veía en su interior era muy diferente de aquella que antes paseaba por la Gran Vía madrileña. Y sobre todo rasgo físico se imponía aquella voz diciendo: "¿Te conozco?" No, no podía ser ella.
Llevó el plato vacío a la cocina y apagó la radio. Un silencio espeso lo rodeó de repente. Miró por la ventana; ninguna luz mas que la suya iluminaba el estrecho patio interior. Intentó ver alguna estrella en el cielo sin conseguirlo. "En esta ciudad nunca han visto las estrellas...", pensó. Cerró la ventana y bajó la persiana. Hizo lo mismo con el resto de las ventanas de la pequeña casa y, tras lavarse la cara, se dirigió a su habitación. Se desvistió despacio y se introdujo en la cama.
En la mesilla dormitaba su diario. Lo abrió por la página que contenía la última anotación y, humedeciendo la tienta de su pluma, escribió de un solo trazo:
"Ya ha llegado Julia a casa, mañana la veré por fin, ante mí. Estoy nervioso..."
Deteniéndose, pesó en cómo continuar la frase, pero desistió. Volvió a tapar la pluma y cerró suavemente el diario, volviéndolo a dejar sobre la mesilla. Apagó la luz del flexo y, con un largo suspiro, cerró los ojos esperando el sueño.

II

"Oliver Sanz, campeón de ajedrez", así rezaban las placas de la hilera de trofeos que le contemplaban a través del grueso cristal de la vitrina que dominaba el salón.
Llevaba ya varios minutos sentado en silencio, quieto, observando la negra caja aislada en el centro de la pequeña mesita clara, ante él. Pensaba. Pensaba en el día anterior; súbitamente una punzada lo había dejado helado, clavado en el centro de la Gran Vía madrileña, cuando se dirigía a casa. Y en esa punzada, con rostro y nombre, le habían caído de golpe todos los años que había estado sólo en la grandísima urbe, desde que había decidido escapar de su pasado, abandonarlo todo, no ir a un nuevo inicio sino esperar un final, tranquilo, ajeno. No era la primera vez que le pasaba. La cara jalonada de mechones rubios pasó a su lado como un destello de su nombre. Julia...
Ayer, cuando de nuevo la vio pasar, se congeló el tiempo a su alrededor, una extraña necesidad lo obligó a reflexionar, a hacer penitencia, le devolvió a los ojos su tiempo de gloria, un tiempo en el que aun podía mirar atrás... Fue importante para muchos, antes de que decidiese echarlo todo por la borda y tirarse a si mismo depuse para no nadar, para abandonarse a las corrientes del azar. Se abandono a un mar de sucesos que le condujeron a la soledad del anonimato, en Madrid, lejos de todo, de todos. Y allí envejeció purgando su conciencia.
Julia paso, y todos esos años le cayeron de golpe en forma de alfiler ardiente. Tan solo pudo pararse, volverse y versa alejarse entre el gentío. No pudo hacer otra cosa que volver a negarla. "No, ella no..."
La había visto muchas veces desde que empezó a escuchar su voz en aquella pequeña radio, pero nunca la había aceptado. La edad le había vuelto un viejo de ideas fijas, y Julia se metió en su mente de una forma material; y ese rostro que veía en las calles no era el de Julia, el de su Julia. Esa voz era tan... perfecta, no podía pertenecer a aquel rostro vano y vulgar. Julia no pertenecía al asfalto maloliente de la gran ciudad. No, su Julia no... Por eso, para aplacar aquella súbita punzada, había decidido traer a Julia a casa, aquella Julia que danzaba en su interior cada vez que escuchaba su voz.
Con un movimiento alcanzó la caja de cartón. Leyó la etiqueta blanca de una de las caras:
"Julia, muñequita de placer"
Destrabó no sin esfuerzo los topes de cartón que mantenían cerrada la caja, abriéndola por un costado; de ella sacó una informe masa de plástico claro, rosado, coronada por una caída cabeza de cabello oscuro y frondoso. Tras su nuca encontró una pequeñísima válvula, en la que un precinto impedía la entrada de cualquier resquicio de aire.
Se levantó despacio; sus cansados huesos de anciano crujían a cada paso mientras iba ventana a ventana, cerrándolas y bajando las persianas hasta que la única iluminación de la casa consistió en un complejo entramado de delgadas líneas de luz blanca que se cruzaban por doquier. A continuación sacó dos velas amarillas de un cajón. A Julia le gustaban las velas amarillas. "Se sentirá como en casa", se dijo amargamente. Tras disponerlas sobre la mesa y encenderlas fue a la cocina para accionar la radio. La misma eterna melodía inundó de nuevo el viciado aire de la casa; aún faltaban horas para el programa de Julia, pero la sintonía se podía escuchar en cualquier momento a lo largo del día. Una vez hecho todo, se sentó con la masa sin aire en su regazo.
Esperó, esperó horas hasta que por fin escuchó la voz cálida y espesa de Julia en su último programa hasta que arribara del otro extremo de la larga festividad. Cerró los ojos unos minutos y se deleitó con ella, paladeando cada una de las sílabas que oía, y cuando los abrió de nuevo creyó tener a Julia ante sus ojos, aquella que escuchaba cada noche. ¡Si, era ella! Llenó de aire sus pulmones y, pegando sus labios cortados a la válvula, comenzó a hinchar la envoltura inerte, que empezó a tomar la forma grotesca de un feto que se desarrollaba ante sus ojos, convirtiéndose en segundos de bebé a mujer. Cuando la evolución estuvo completa sentó a aquella mujer a su lado.
-Julia...
Se levantó, cerró los ojos unos segundos rememorando el rostro que le inundaba y sacó una pequeña caja y unas tijeras de sendos cajones. Cogió un hato de ropas que se hallaban perfectamente dobladas a los pies de su cama y volvió con las manos llenas al sofá, junto a Julia. Con las tijeras cortó su pelo, muy muy corto, vistiéndola a continuación con esas ropas, las únicas que conservaba de su anterior vida. Cuando hubo terminado, abrió la cajita; de ella sacó algunas barras de pintalabios a medio gastar y varios estuches de polvos multicolores. Cubrió la piel plástica con habilidad, hasta que se trocó a golpe de esponjita y lápiz de color en una piel más viva, más humana. Cuando terminó su obra la miró con ojos llorosos. Besó sus labios y dijo:
-Bienvenida, Julia, déjame ahora que te peine.
Cogió un cepillo grueso del baño y comenzó a ordenar la desorganizada maraña de Julia, despacio. De fondo, la Julia de voz deliciosa continuaba con su repetida conversación con todos y con nadie. Miraba a su Julia. Pensaba "Si, tú eres Julia" mientras colocaba meticulosamente sus cabellos cortos, "y tú te quedarás conmigo para siempre, si..."
Cuando acabó la emisión en la radio, cogió a Julia entre sus brazos. Pesaba tan poco... La miró a los ojos de cristal mientras la llevaba a su cama y la arropaba,
-Duerme ahora, Julia, descansa.
Cuando volvió a la calidez del salón sentía más desahogado su corazón, se sentía mucho más ligero, como cuando un contrapeso que asfixia se retira del cuerpo. Apagó las velas de sendos soplidos y desconectó la radio. Allí a oscuras, sonrió melancólicamente. Se quedó dormido en poco segundos, pensando que tenía que escribir en su diario:
"Es tal y como la imaginaba, ahora sí. Ella es lo que necesito, sé que se quedará conmigo hasta que por fin se acabe todo. No quiere marcharse, lo sé. Me lo dice con sus ojos..."

III

Llevaba horas sentado en la pequeña mesita, mirando a Julia que estaba reclinada en el sillón. Al amanecer había subido todas las persianas, apremiado por los primeros rayos de sol de la mañana mágica del viernes del Pilar, con los recuerdos vividos, ansiando ver de nuevo el rostro de Julia. La había sacado de su cama con cuidado y ahora permitía que siguiera durmiendo en el sillón, ante él. Pero ella ya no estaba allí.
Julia se había ido.
Sólo cuando su estómago comenzó a rugir se dio cuenta de que el tiempo había pasado sin avisar. Ante él veía un grotesco trozo de plásticos, pintado como una fulana.
"Ayer el ansia me dio una mala impresión... ¿Cómo pude haber confundido este engendro con mi Julia?". Sonrió amargamente y, levantándose con un largo suspiro, preparó una rápida comida que devoró en segundos. A continuación puso la radio, pero las voces de un grupo de estridentes tertulianos le obligaron a apagarla a golpe de charla vacía. "Estaré con vosotros en la calle...", dijo Julia. Si, hoy no merecía la pena escuchar la radio, pensó amargamente. Dirigiéndose a su estantería sacó una de las muchas cintas con programas grabados en los que Julia contaba para él una y otra vez sus historias.
"Esta tarde de lluvia estoy melancólica, amigos, os voy a contar la historia de..."
La casi palpable voz de Julia, la auténtica Julia, volvió a inundarlo, dejándole clavado ante el alto mueble de la cocina donde estaba el aparato de radio del que manaba esa voz como un torrente. Cerró sus ojos hasta que el chasquido que indicaba el final de la grabación le sacó de nuevo de su ensoñación. Entonces, sin abrirlos, rebobinó la cinta hasta el comienzo de aquella historia del invierno que a Julia tanto le gustaba contar. La volvió a escuchar hasta que acabó, volviendo a rebobinarla y a escucharla hasta que las últimas luces del día se despidieron de él con un tono quedo de ocres y rojizos. Entonces se dio cuenta de que volvía a tener a Julia dentro.
Se acercó al salón. El horizonte cortado por los edificios se empezaba a perder en la negrura de la noche madrileña cuando encendió la luz y sentó a Julia en el sillón, en el que había quedado reclinada. Cogió un poco de agua en un pequeño balde y con una roja esponja limpió de la cara plástica todo el maquillaje del día anterior. La secó y, sacando de nuevo el estuche con maquillaje y un pequeño peine volvió a dibujar el rostro que llevaba dentro: con cada golpe de la suave brocha veía aparecer el auténtico rostro de Julia, sin olvidarse de cómo se engañó a sí mismo con ese falso fetiche la noche anterior. No, hoy estaba lleno de verdad de Julia, podía sentirla "Háblame", decía al rostro que se iba formando ante sus ojos, "sé que ahora estás conmigo..."
Cuando por fin concluyó su obra, vio tras retirarse a la Julia que se dibujaba cada día en su mente, allí sentada en su salón, sonriéndole. Le devolvió la sonrisa mientras pensaba "Si, ahora si..." y se sentaba al lado de la esbelta silueta que dibujaba ese cuerpo en la lisa tela del sofá. La acarició el pelo diciéndola:
-Julia, perdóname por lo que hice ayer. Has de hacerlo... -se levantó de golpe buscó otra cinta en la estantería y la puso en el aparato de radio. Cuando pulsó la tecla de encendido una suave música lenta les envolvió. Se acercó a Julia y, tendiéndola la mano, la dijo-. ¿Bailas conmigo?
La agarró con una mano, levantando sin esfuerzo alguno aquella mujer etérea y, estrechándola en un abrazo, comenzó a marcar el ritmo del pausado baile.
Fuera, una bandada de insectos bailaban con ellos ante la luz de la ventana, suspendidos en el vacío del patio interior.
Durante los días siguientes se levantó viendo el mismo engaño ante él. Siempre la noche convertía a la Julia auténtica en una sucia muñeca de goma, disipando todo rastro de la verdadera mujer que le llenaba la mente tras escuchar la voz melosa, suave cada noche en la radio. Cada mañana se había convertido para él en una pregunta desde que el esqueleto de Julia llegó a su casa. "¿Por qué me abandonas, Julia?"
Su pasado le golpeaba cada vez con más contundencia. Había intentado romper la soledad de tantos años y estaba fallando; como le pasó en su juventud. Si, entonces también comenzó a fallar de improviso...
Oliver Sanz, el campeón de ajedrez más joven, un día de súbito comenzó a errar en cada una de las cosas que hacía, dentro y fuera del tablero de ajedrez. Cayó desastrosamente sin poder hacer nada para remediarlo. "¿Qué te está pasando, Oliver?" le preguntaban. Y el nunca supo responder. Por eso, por ser un muñeco del destino, se abandonó a su desgracia sin luchar. Todo su anterior mundo se hizo pedazos; nadie hizo nada por ayudarle, ni siquiera el mismo. Lo abandonó todo, sus amigos, su familia, su ciudad. Llegó a Madrid sabiendo que su juventud se había marchitado en un soplo. Ya no podía arreglar nada, solo esperar el final... Se marchó estando solo y llegó a la gran ciudad donde siguió solo hasta que descubrió la compañía de la voz de Julia.
Y ahora que ella había hecho el amago de acompañarle en su vida y espantar el fantasma negro de su soledad, la rutina que le rodeaba constantemente desde su llegada al complejo de calles sucias había cambiado drásticamente. Ahora la pena pesada de la soledad se había convertido en la angustia de sentir como le abandonaba de nuevo lo que más quería.
Era ya demasiado mayor para aguantar de nuevo esa tensión. Sentía como le abandonaban las fuerzas por momentos.
Cuando la noche del décimo día le trajo de nuevo a Julia a su mente decidió resistirse a sus impulsos. No quiso dibujarla de nuevo para no perderla a continuación con el siguiente amanecer. Permitió que Julia le susurrase al oído de su mente, pero resistió el canto de sirena de verla ante sus ojos. Intentando serenarse, se introdujo en la cama sin mirar aquella cara de plástico, intentando no pensar en que a través de sus ojos de cristal podría haber visto una vez más los ojos azules de Julia. Y se durmió sintiendo que le faltaba algo dentro.

IV

Despertó a la mañana siguiente sin poder moverse, tras una noche en la que un persistente sueño le había dejado sin aliento repitiéndose una y otra vez.
En él vio a Julia. No rea ni aquella mujer de plástico pintada ni aquella mujer vacía de rizos rubios que veía entre el humo de los coches. No, vio a Julia, a la verdadera propietaria de la única voz palpable. Y de esa manera deliciosa le habló. Pero no le llenó de paz ni halló un camino para serenarse como siempre hacía al escucharla, sino que una tremenda congoja le inundó. Julia le estaba reprendiendo.
"Te di la oportunidad de tenerme, Oliver. ¿Por qué la has tirado? Por... ¿Por qué me niegas cada día? ¿Por qué esta noche me has cerrado las puertas?"
Y en su sueño el tan sólo la miraba, mientras esta se hacía cada vez más pequeña.
"Oliver, necio. Estabas sólo, por eso me buscabas. ¡Y yo intenté ayudarte! Perdoné que me trataras cada mañana como una desconocida. ¡Mírame ahora! Me has borrado de tu vida, Oliver, y ni siquiera me miraste para despedirte. ¿Por qué me has dejado a la deriva?"
Se vio tendiendo una mano demasiado tarde a la diminuta Julia. Y cuando la alcanzaba tan sólo agarraba una pequeñísima muñeca de porcelana que dejaba caer a continuación, viendo como se rompía en mil pedazos y sintiendo como se rompía él igualmente par volver a aparecer ambos frente a frente. Entonces Julia volvía a entonar su lamento...
Sintiendo un miedo que no consiguió identificar, se levantó de golpe escuchando crujir sus huesos mientras sentía el dolor de su espalda, extendiéndose por cada una de las fibras de sus lacios músculos. Se enjugó el sudor de su frente apretando los dientes ante el acceso de un escalofrío y, cubriéndose con una bata oscura, se dirigió hacia el aún oscuro salón.
La muñeca de plástico se encontraba en el mismo lugar que la noche anterior, más artificial que nunca.
Se apresuró a cerrar todas las ventanas y persianas, a encender las gastadas velas amarillas y a sacar la caja de maquillaje mientras repetía en susurros una y otra vez:
-Lo siento, Julia, lo siento, lo siento, lo siento...
Puso la radio y esperó con los ojos cerrados, arrodillado ante la mujer de plástico hasta que empezó de nuevo el programa de Julia y se vio inundado por esa dulcísima voz espesa. La paladeó durante minutos y abrió los ojos. La mirada ausente de la muñeca no había cambiado.
La maquilló con sumo cuidado, pero no consiguió transformar de nuevo el plástico en la suave piel de la cara de Julia. Su mano le temblaba. Lo intentó con denodados esfuerzos, pero todo resultó inútil.
Cuando no pudo volver a retocar la cara de porcelana de aquélla falsa Julia abrumado por el fracaso, sintiéndose él también un juguete inútil, se introdujo en la cama con el corazón vacío de esperanza. Con la mano temblorosa escribió en su diario:
"Creo que se ha ido... para siempre."
Cada mañana se despertaba con menos brillo en sus ojos, pues sabía que al levantarse volvería a ver un yaciente juguete para depravados tendido en su salón.
Julia se había ido, y sabía que no podría hacer nada para recuperarla...
Cada día se sentía más y más viejo. Escuchar la voz de Julia ahora le dejaba un sabor amargo en el fondo de la garganta. Desde que Julia se había marchado de su vida sentía gotear el grifo de los años. Se le escapaba el tiempo, y pese a todo no tenía motivos para intentar retenerlo.
Había agotado la tinta escribiendo la ausencia de Julia en su diario, y cuando la reseca pluma dejó de manchar el papel pardo del diario dejó de fluir la fuerza por su cuerpo.
Un día Oliver durmió para no volver a despertar.
Así le encontraron los gentes de la policía a los que, alertados por la ausencia del anciano, habían llamado sus vecinos. Recogían pruebas de la precintada casa con una mueca de desconcierto pintada en la cara. La caja de maquillaje, las decenas de cintas de "El Programa de Julia", la pintada muñeca hinchable... Nada coincidía con nada.
-¿Que haría el viejo con esa muñeca? -le preguntó uno de los policías a su compañero mientras el forense autorizaba el levantamiento del pálido cadáver-. No le imagino encima de...
El policía aludido soltó una risita sardónica, ausente de la lóbrega atmósfera que cubría la casa. El resto de los policías comenzaban a marcharse, dejándolos a ellos dos solos para concluir la investigación.
-¡Anda, guarrete! No preguntes lo que ya sabes.
Dejaron pasar a la camilla que se llevaba el cuerpo macilento del anciano, que comenzó a bajar con dificultad los cuatro pisos de intrincadas escaleras que les separaban de las ululante ambulancia, y cuando por fin estuvieron solos cerraron la puerta a las vecinas que espiaban curiosas la escena. Tras algunos minutos de silencio uno de los policías encontró el diario de tapas oscuras. Comenzó a entonar con voz monótona:
-Seis de Noviembre, se ha ido. Siete de noviembre, se ha ido. Ocho de noviembre, se ha... y no escribió más. Desde el día veintiséis de Octubre el anciano tan sólo escribió eso. Se ha ido... -cerró de golpe el diario-. ¿De quien hablaría?
Su compañero se encogió de hombros, tendiéndole una bolsa transparente para guardar el diario.
-Ni idea. ¿Cuándo dijo el forense que murió?
-Hace unos cuatro días, o cinco... Justo cuando escribió por última vez en su diario -lo guardó en la bolsa, precintándolo a continuación-. De acuerdo, nos lo llevaremos. Tal vez le interese a alguien.
Revolvieron durante varios minutos las escasas pertenencias del anciano y por fin abandonaron la casa. Cuando se encontraron confortablemente sentados en el interior del coche patrulla, guarecidos del crudo frío con la calefacción a la máxima potencia, comentaron:
-¿Sabes? Al ver la cara del viejo me dio la impresión de que había muerto esperando algo. Tenía los ojos... demasiado abiertos. Pero de todas formas, la expresión de sus labios decía que esperaba la muerte. Todo él era una contradicción...
-Vete tú a saber -se estremeció y arrancó el motor del coche, que rugió furiosamente, desperezándose-. A mí me ha parecido un viejo de cuento, si, así le he visto. Como aquellos que esperan un milagro -se hizo un pequeño silencio, que aprovechó para poner rumbo a la comisaría de Lavapiés. Al final añadió-. Pobre.
La jornada de ambos terminaría en tan sólo algunos minutos, y ambos estaban deseosos de llegar al gris edificio de la comisaría. Mientras veían alejarse la sucia puerta del bloque, repitió:
-Sí, pobre...

A Alberto, por ser el primer madrileño
que me permitió librarme de la soledad.

A Jorge (Ateo), pues al fin y al cabo él
me inspiró. Y, por supuesto, a Julia.

 

 

Andrés Álvarez Iglesias
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Opiniones de los lectores

El día 08-02-2014 Eric Moreira Pérez dijo:
me encanta este autor muy buen libro
El día 21-01-2015 Estela caruso jaeltete dijo:

Bellisimo relato.Conmovedor.

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