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Nadie cree a los mendigos II

06-04-2015     (6 votos, 12 puntos)     1720 lecturas     0 comentarios
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Este relato forma parte del libro Nadie cree a los mendigos, que contiene 13 capítulos publicados. En la página del libro podrás encontrar más información sobre él: sinopsis, enlaces externos, etc.

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21 de Abril, 21:14

La casa vacía de Diego se llenó de sonidos. Primero fue el musical tintineo de las llaves en la cerradura, luego el inequívoco chasquido del mecanismo de seguridad, y por último el leve crujido de la puerta abriéndose y cerrándose.

Diego suspiró. Se encaminó al salón y se dejó caer pesadamente sobre el cómodo sofá. Encendió la televisión casi por costumbre, si hacerle caso alguno. Diego odiaba el silencio, por eso siempre encendía la radio o la televisión, emitieran lo que emitiesen; no le importaba el programa, la serie o el noticiario que estuviera en el aire en aquel momento, tan sólo necesitaba llenar el silencio de sonidos.

Miró a la izquierda, en dirección a una alta estantería llena de libros, carpetas y cuadernos.

-Vamos a ello, antes de que sea demasiado tarde...

Se levantó con algo de esfuerzo, abrió levemente una de las ventanas y luego repasó lentamente con el dedo índice los lomos de los cuadernos de la estantería, hasta llegar al último. Lo cogió con mimo. Luego se sentó ante una pequeña mesa escritorio, abrió el cuaderno y fue pasando páginas rellenas hasta los bordes con una apretada y confusa caligrafía, mientras el aparato de televisión vomitaba desgracia tras desgracia.

-Hoy es... -miró la pantalla de su teléfono móvil antes de continuar- 21 de Abril. El narrador de hoy es de nuevo "Corredor". Su crónica de hoy ha empezado con la ya acostumbrada bacteria y el interlocutor invisible de siempre. Decía que...

Poco a poco, Diego fue transcribiendo los desvaríos que había escuchado de labios del mendigo al que llamaba "Corredor", espantando de rato en rato una pesada mosca que había entrado por la ventana recién abierta. Era su ritual cotidiano. Siempre que podía, iba a las calles de su ciudad a escuchar los crípticos mensajes de los mendigos que las habitaban. Luego, volvía a casa y los anotaba tan fielmente como podía, antes de que el peso de las horas fuese borrando sus recuerdos. Tenía decenas de cuadernos, repletos de los murmullos escuchados en las calles. Aquellas frases inconexas y sin aparente sentido se habían convertido en su obsesión con el paso de los años.

-¿Qué demonios querrán decir? No pueden ser tan sólo desvaríos, no todos, estoy seguro... ¡Maldición!

A veces se enfadaba consigo mismo por no ser capaz de encontrar nada claro en aquellas frases inconexas, por ser preso de tan extraña obsesión, por tantas y tantas cosas... Pero no podía evitarlo. Y- en el fondo lo sabía- tampoco quería hacerlo. Le apasionaban los misterios, y aquel era el más grande al que se había enfrentado jamás.

Miró de reojo la pantalla plana del televisor. En ella un mono miraba de reojo un cesto repleto de fruta, desconfiado, mientras el narrador del noticiario explicaba la forma en que se le administraban los tratamientos veterinarios a los simios en algún zoo. El mono cogió tímidamente una manzana del cesto, que al parecer ocultaba una píldora en su interior.

-Monos... -dijo Diego, como hablando con el mismo interlocutor invisible que "Corredor". Cogió el mando y cambió rápidamente de canal, hasta alcanzar las emisiones de radio sin imágenes. Escogió una de ellas, que al parecer emitía un programa de Jazz en aquel momento-. Mejor.

Espantó de nuevo a aquella molesta y persistente mosca que se había colado cuando había abierto la ventana.

-Dichoso bicho...

Se apresuró a cerrar el cristal, antes de que se colase algún insecto más.

-Se avecina una buena tormenta -susurró Diego, mirando las negras nubes que cubrían el cielo, arrastradas rápidamente por fuertes corrientes de viento.

Tarareando la suave música que emanaba de la televisión sin imagen, se volvió a sentar en el pequeño escritorio. Releyó las notas que había escrito, corrigiendo alguna que otra palabra mal escrita -siempre le pasaba cuando escribía rápido, su caligrafía le jugaba malas pasadas-, murmurando entre dientes. Cuando terminó, cerró el cuaderno y lo colocó en su lugar, al lado del resto de los cuadernos en la estantería.

Se sentó en el sofá, pensativo, y cansado, y mientras decidía qué podía preparar para la cena se fue quedando dormido.

Andrés Álvarez Iglesias
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