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Musas

07-04-2015     (4 votos, 6 puntos)     1490 lecturas     0 comentarios
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Me miro los ojos en el espejo mientras me cepillo los dientes y pienso en enfermedades de transmisión sexual. Miro mi ojo verde y veo que sigue brillando, pero un poco más apagado. Este ojo, es el ojo de la oscuridad. Miro el azul, el de la luz, y veo que brilla un poco más que antes. Heterocromía.

 

Huelo mis dedos y aun huelen a ella, huelen a musa. Me enjuago los dientes y me quedo mirando un buen rato los calzoncillos que hay en el suelo del cuarto de baño. Son míos, los dejé allí cuando me los quité esta tarde antes de ducharme y quedar con ella. Pero los miro mientras me pregunto si habían estado allí todo el rato.

 

Salgo del cuarto de baño tras volver a mirarme los ojos y comprobar que el verde sigue brillando más que el azul. Cuando estoy jodido me brilla más el verde y cuando estoy contento me brilla más el azul.  Es algo que nunca nadie me ha sabido explicar.

 

Es raro porque acabo de follar con una musa. Quiero decir, he estado con muchas chicas pero nunca con una musa. He escrito sobre algunas mujeres después de haber compartido una explosión de pasión con ellas pero nunca había estado con ninguna que me hubiera inspirado palabras antes de joder.

 

Me lio un porro de hachís, lo chupo y barro con él los restos de cocaína de la mesa, cojo lo que queda de su vodka con tónica y me voy a la ventana. Enciendo el porro mientras miro las sabanas enmarañadas de mi cama y pienso que hace un rato estábamos ahí dentro. Me acerco y las huelo. Huelen a ella, huelen a magia y a vida.  

 

Me siento en la ventana y miro el cielo. Compruebo en qué fase está la luna. No tengo ni puta idea. Qué más da. Ella siempre está ahí pero ya nadie le hace el mismo caso desde que la pisamos por primera vez.

Pienso en el relato que me inspiró. Fue un buen relato. Lo publicaron en una antología de relatos underground de no sé qué editorial que justo daba sus primeros pasos de vida. Pienso en esas hermosas musas. Pocas chicas han pasado por mi vida que me hayan iluminado de tal manera que haya sangrado tinta y cenizas por ellas sin ni siquiera haberlas amado más que en la distancia. Auténticos seres luminosos y naturales que en el breve momento entre el pasado y el infinito en el que habíamos coincido nunca llegó a desembocar en un torrente de intercambio de energía físico. Pero hoy habida pasado y seguía sintiendo el mismo vacío que ayer.

 

Pienso en si alguien puede estar oliendo el humo del porro y en si luego llamará a la policía. Voy al comedor, enciendo la luz, compruebo que la puerta está cerrada y la llave en el picaporte. Voy a la cocina, enciendo la luz y compruebo que las tres botellas de cerveza y la de vino están en su sitio. Cuento hasta cuatro con los dedos de una mano. 1…2…3…4. Miro los botones de la hornilla. El fuego está apagado, sin embargo tengo que tocarlos y comprobar que están cerrados. Salgo, apago la luz y vuelvo a comprobar la puerta de la entra. Cuento hasta cuatro haciendo chocar los dedos de la mano con el pulgar. 1…2…3…4. Está bien, pero yo eso ya lo sabía.

 

Sabía que había cerrado la llave cuando volví de llevarla a su casa. Sabía que no había encendido fuego y que esas botellas eran del medio día, pero tenía que comprobarlo. Apago la luz del comedor y voy al lavabo.

 

Estar con Laura, su sabor, su olor… debería alegrarme, debería sentir el fuego triunfante quemando el pesimismo de mis venas. Pero  mi ojo verde brillaba aún más.

 

Salgo al balcón para terminarme el porro. La espina dorsal se tensa y pienso en lo fácil que sería para un francotirador matarme ahora mismo. Inclino la cabeza hacía atrás y pienso en lo que debe sentir alguien al que le estampan una barra de hierro en la nuca o alguien a quien le clavan una estrella ninja en el ojo a varios metros. Estoy muy expuesto. Entro en mi habitación por la ventana y apago la luz para que nadie vea donde estoy.

Desenvuelvo el preservativo y compruebo por segunda vez que no está roto, que no hay poros por lo que la haya podido dejar embarazada, por cada sitio que comprimo el semen para ver si hay fuga cuento, 1...2...3...4. Todo en orden.

 

Tomo conciencia de lo que estaba haciendo hace un cuarto de hora. Estaba metiéndosela a una de mis musas. Una chica que conocí, me inspiro y luego conquisté. No está mal. Quiero estar contento. Quiero sentir. Quiero más cocaína.

Me hago una raya y escucho que alguien dice mi nombre.

 

Erik.

 

Salgo de mi habitación. Todo oscuro. Enciendo todas las luces de la casa. 1, 2, 3, 4. Vuelvo a la habitación y me esnifo otra raya. Pienso en Laura. Tenía un culo perfecto, un cuerpecito pequeño y fibrado. Y sigo sin sentir nada.

 

Compruebo en el portátil que la edad adulta legal siguen siendo dieciocho años. Lo siguen siendo. Perfecto. Ella tiene diecinueve. No nos llevamos tanto en realidad. Pienso en las meninas. Seguro que Velázquez se las folló a todas.

 

La paranoia vuelve a soplarme en la nuca y a darme por el culo. Me siento frente a todos mis budas. Posición del loto. Enciendo incienso e intento relajarme, respirar hondo, tomo aire cuatro segundos,1,2,3,4. Aguanto oxígeno siete segundos, 1,2,3,4,5,6,7, suelto dióxido ocho segundos,1,2,3,4,5,6,7,8. Intento notar el universo, hablo con él cuando estoy despierto y dormido, ahora intento tocarlo cuando medito. Intento sentir la naturaleza y la vida de todo el planeta, su textura, me imagino los árboles del amazonas y su fuerza invisible viniendo directamente hacia mí, intento captar toda la energía vital del mundo. Inspiro…aguanto…expiro. Intento concentrar toda la fuerza en mi abdomen. Todo comenzara a fluir cuando me dejen de temblar las piernas y se relajen. Intento ir a mi rincón secreto. Al que voy cuando estoy nervioso, cuando tengo miedo, cuando parezco ser el más cuerdo de la tierra, cuando medito, mi lago, mi atardecer, mi árbol, mi cabaña, mi brisa. Intento imaginar que soy agua y me fundo con el agua del lago y fluyo con ella y caigo por unos rápidos, cada vez más rápidos, y vuelvo por arte de magia al mismo lago.

 

Seré yo el loco o lo será la sociedad.

 

Me levanto. Me hago otra raya. Me hago otro porro. Salgo al balcón. Intento enfocar la vista durante cuatro segundos en todos los balcones que veo para asegurarme que nadie me está mirando con prismáticos y poder ser yo mismo. Me acabo el vodka y dejo el porro en el cenicero. Entro en mi habitación y me siento en la cama a fumar un cigarrillo.

 

Quizá no siento nada porque al fin y al cabo sólo es una chica, una persona, además no es Jessica. Pienso en todas las musas, pienso en lo que me llevó a escribir sobre ellas, quizá las musas saltan por los pedestales, quizás sólo sean mujeres normales que he mitificado y glorificado y que han adquirido una forma perfecta, divina y trascendental en mi cabeza por no haberme dejado acariciarlas. Quizá las musas son eso, chicas de las que nos sentimos atraídos, que nos han rechazado y que nosotros hemos puesto en un pedestal; y esa energía y rabia que han generado en nuestro interior se escapa por los poros del arte. Quizá sea eso, o quizá es que no sea Jessica. Quizá es solo que Laura no era una verdadera musa, pero lo era, lo era, ¿verdad? Pienso en las demás, hago una lista mental. La primera es Jessica, ella ha sido el amor de mi vida y la razón por la que empecé a escribir. Ha sido mi mayor desgracia y mi mayor suerte porque gracias a ella se que los corazones no sólo bombean barro sino también sangre.

 

Me levanto de la cama y chequeo que todos los objetos esparcidos por la mesa no se tocan los unos con los otros. Ninguno está en contacto con el de al lado y no hay ninguno que cubra a otro. Me quito los pantalones y me pongo los de dormir.

 

Pienso en que pasaría si algún día Jessica dejara a su novio y tuviéramos la oportunidad de reencontrarnos y seguir las cosas donde las dejamos. Pienso en que pasaría si hiciera el amor con ella. Quizá también se caería. Quizá dejaría de ser ELLA y quizá con ella las musas se extinguieran para siempre. ¿Y qué iba a hacer yo? Sin ella, sin esa esperanza que guardo en una caja de que algún día estemos juntos. Pero si llegamos a estarlo y resulta que después de poseerla pierdo el interés…y si fuera cierto eso que dicen que a los hombres nos motiva más cazar que la propia presa. Y si después de levantarme con ella descubro que tiene sus imperfecciones como todo el mundo y que no es más que un ideal de perfección concebido por mi mente y puesto en el Olimpo para recobrar la esperanza en que hay algo mejor, algo que le da sentido a toda la mierda, algo que no me merezco por dejar escapar y que me condena a vagar entre luces y sombras buscando el final.

 

Pongo los pantalones encima de la silla sin que toquen las camisetas colgadas en los extremos, miro toda la ropa sucia de la habitación y me aseguro que ninguna toca a ninguna otra pieza. Cada pantalón y camiseta sucia están en sitios diferentes y ninguno cubre a otro. Eso está bien. Cuento hasta cuatro mientras hago un repaso visual y general por toda la habitación para asegurarme que todo está bien 1…2…3…4. Nada llama mi atención. Me tumbo. Apago la luz. La enciendo. Me levanto. Voy a la mesa. Miro todo detenidamente, repaso sus siluetas con los ojos asegurándome que nada se está tocando 1,2,3,4 Paso las palmas de la mano por encima para comprobar que no hay nada que esté engañando  mi sentido de la vista. Todo en orden. Me tumbo en la cama de nuevo y apago la luz. Me levanto. Enciendo la luz. Cojo dos tranquilizantes de la mesita de noche. Me los tomo. Doy un trago a una cerveza caliente. Miro desde la cama que no se haya movido nada de encima de la mesa. Apago la luz y me tumbo.

 

Me imagino montándomelo con Jessica y Laura a la vez, me excito y empiezo a masturbarme. Comienzo a notar como el corazón se me acelera muchísimo, me viene un intenso dolor en el lado izquierdo del pecho. Sigo masturbándome. He pasado un largo periodo de nervios y ansiedad, pienso en que mi corazón sufre las consecuencias de la distorsión entre dos mundos y los desajustes que eso provoca. Cada latido es como un pinchazo, mi corazón bombea clavos y yo sigo meneándomela, pienso en que pasara cuando llegue al orgasmo, quizá mi corazón estalle, es una bonita forma de morir. Cada vez estoy más cerca del clímax y los latidos y el dolor siguen aumentando. Me pregunto si cuando me corra sufriré un colapso nervioso y tendré un infarto.  Acabo. Me limpio. El corazón vuelve a su ritmo habitual. No ha sido para tanto. Me duermo.

 

Frank Mayhem
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