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Caso 17, La Mansión Tudor

28-11-2014     (2 votos, 6 puntos)     1295 lecturas     0 comentarios
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Nos habían citado a la ocho de la tarde en la Mansión Tudor, una impresionante casa de estilo colonial en los Hamptons, a las afueras de Nueva Chop’d. A unos cien kilómetros a las afueras. Yo llegué pasadas las ocho y media, aunque mi cuerpo me pedía a gritos que pasara de aquella reunión.

 

Apagué el coche y con ello ahogué un grito de Sammy Caster, uno de mis cantantes favoritos. Con toda la desgana del mundo arrastré mis pasos por el camino adoquinado, dándome cuenta de que todavía existían casas con caminos adoquinados. Y que esos caminos eran indicativos de que tu casa valía un pastón. No podía ser de otro modo, claro, siendo la casa de Joseph Boddy, gobernador de Nueva Chop’d y heredero de la fortuna Boddy. El susodicho camino llevaba hasta la puerta principal. Una puerta que a buen seguro tenía más madera que todos los muebles de mi casa y mi despacho juntos. Y más noble. Dudé entre llamar al timbre o usar el picaporte. Al final me decidí por los clásicos e hice sonar el picaporte. Con más celeridad de la que cabría esperar abrió la puerta Henry, el mayordomo.

 

Señor Hammett, —dijo con ese acento tan repipi que tenían los colonos—le están esperando.

Lo sé, Albert, muchas gracias. —Respondí tratando de imitar su acento. No pude saber si aquello le hizo gracia o no, su gesto era imperturbable.

 

De la nada apareció una sirvienta que se ofreció a tomar mi chaqueta y mi sombrero.  Albert, el mayordomo, me acompañó a la biblioteca en la que estaban el resto de los invitados, yo se lo agradecí, esta vez sin tratar de imitarle.

 

La biblioteca era una de las ocho estancias del piso de abajo, la segunda por la derecha desde el hall de entrada, entre una especie de estudio y una sala para jugar al billar.

 

Cuando entré todos se me quedaron mirando, desde luego nada como llegar tarde para ser el centro de atención, aunque esa no era mi idea desde luego. Los allí presentes, invitados por el gobernador Boddy, éramos los representantes de algunos de los distintos gremios, asociaciones, comunidades, etc. De Nueva Chop’d . Allí estaba Bastian Blood, Archiduque de Bahndenburgo y máximo representante del Colegio de Vampiros. Graham Brown, presidente del Sindicato de Hombres y Mujeres Lobo. Murray Green, primer secretario de la Asociación Independiente de Zombies. Celeste Soulny, representando a la Hermandad de Almas en Pena y Espíritus. Violeta Wiccan, canciller de la Comunidad de Brujas. David Mckenzie, jefe del Gremio de Wendigos. Crowley en representación de los Demonios y Fuerzas del Averno. Y un servidor, al que por sorteo, le había tocado representar a la policía y a los detectives privados. Nunca en mi vida me había tocado nada, hasta ese día. También andaban por allí, James Rose y Vincent Waters, concejales de la alcaldía y Lenny Gold representando a los buitres de los banqueros.

 

Siento llegar tarde, gobernador. —Traté de forzar una disculpa.

Oh… No importa, Raymond, no te has perdido nada. —Sonrió el gobernador— ¿Quieres tomar algo?

Un whiskey no me vendría mal…

¿MacCullon de 30 años?

No creo que deba malgastar algo así conmigo.

No digas tonterías, eres uno más en este grupo. —Volvió a sonreír al tiempo que cogía el vaso y la botella que valía más de lo que podía ganar yo en un buen mes— ¿Con hielo?

Solo por favor.

 

Pude apreciar que mi presencia no era bienvenida. No era algo nuevo, era algo que me pasaba desde que era un niño, no gustaba mi condición de mestizo (por parte de abuelo) ni a algunos de los miembros de las sombras ni a algunos de los vivos. Con el tiempo esta repulsa se agravó con el hecho de haber sido policía un tiempo y ahora detective privado. Por eso cogí la copa que tana amablemente me había servido el Sr. Boddy y quedé en un segundo plano observando cómo se manejaba ese grupo tan variopinto.

 

Al tiempo que el los carrillones de varios relojes anunciaban que eran las nueve en punto apareció el mayordomo, Albert, para hacernos pasar al comedor. Cruzamos el amplio hall ya que dicho comedor estaba justo enfrente de la biblioteca en la que nos encontrábamos. Yo seguía en segundo plano, con unas ganas locas de que aquella noche acabara. Ese tipo de reuniones las hacía el gobernador para recordar a todos los jefes de las especies más representativas de las sombras, y de la vida social de la ciudad, que se podía asesinar, robar, mutilar, vampirizar… pero dentro de los límites establecidos por las leyes del estado de Nueva Chop’d y, en última instancia, las del senado de Tecnópolis y que de no hacerlo estarían los empleados de la ley para hacerlas respetar. No era algo que hubiera que recordar permanentemente, era cierto que esas leyes se cumplían a rajatabla, y que los primeros interesados en que así fuera eran los mismos miembros de las sombras. De hecho, sus penas eran mucho más duras que las de las leyes convencionales. No les interesaba que todo el mundo supiera que ellos existían, y si se excedían en sus quehaceres podían quedar expuestos.

 

Una vez en la mesa, tuve la suerte de que me tocara al lado de Crowley, mi demonio preferido, y de uno de los concejales, no muy hablador él. La velada trascurría con total… aburrimiento, si bien es cierto que el menú estaba exquisito, al menos para un paladar medio como el mío. Hubo poca presencia de verdura y mucha de carne. Vino de cosechas más añejas que yo, aunque yo habría preferido unas buenas cervezas bien fresquitas, incluso unas malas. Pero supongo que en esta clase de eventos la apariencia lo es todo.

 

Con la llegada de los postres hubo un pequeño trasiego de individuos ausentándose por diversos motivos, incluido el gobernador Boddy que recibió una llamada importante, según el bueno de Albert.  Aún no había podido hincar mi cuchara en mi tiramisú cuando se escuchó un grito proveniente de algún lugar de aquella inmensa mansión. Ahí maldije por primera vez al dichoso sorteo que me eligió a mí para aquella cena.

 

Salimos, todos los presentes, corriendo y nos encontramos con el resto en el hall.

 

¡Ayuda! ¡Aquí! —Era la voz de una de las sirvientas y provenía de la habitación de invitados que había en la planta baja.

 

Me apresuré para ser el primero en entrar a ver lo ocurrido. Deformación profesional. Cuando alguien grita así suele ser indicativo de que es mejor llegar primero y tratar de preservar la escena.

 

Cuando entré vi al gobernador en el suelo, sangrando abundantemente por la cabeza, y a la sirvienta petrificada a unos pasos de él. Traté de localizarle el pulso, pero era demasiado tarde. Giré mi cabeza hacia el grupo de invitados, que ahora pasaban a ser sospechosos. Negué, haciendo ver que el gobernador Boddy ya no se encontraba entre nosotros.

 

Vigílalos por mí, Crowley. —Dije al tiempo que salía de aquella habitación.

 

Antes de que nadie tratara de poner pies en polvorosa busqué al mayordomo.

 

Albert, ¿cómo se conecta el protocolo de seguridad?

¿Perdón señor?

Vamos, no te hagas el tonto. Tiene que haber un protocolo de seguridad. Runas, hechizos, sortilegios, y una buena amalgama de productos estratégicamente dispuestos para que nadie entre aquí sin ser invitado. Si sirven para que no entren, servirán igual para que no salgan.

 

Albert me miró unos instantes, parecía que sus ojos se humedecían. Yo le devolví la mirada sin inmutarme, hasta donde yo sabía él era igual de sospechoso que el resto. Se giró y comenzó a caminar.

 

¿Dónde crees que vas? —Le agarré del brazo.

A conectar el sistema, como el señor indicó.

Ni de coña, —saqué de mi bolsillo mi bloc de notas y mi pluma— anótalo todo aquí. Paso por paso.

 

Una vez tuve en mi poder dichas instrucciones acompañé al mayordomo junto con el resto del grupo.

 

No pierdas de vista a ninguno. —Volví a indicarle a Crowley.

¿Pero esto qué es? ¿Por qué nos tiene que vigilar… este… ser? —Protestó el señor Waters, uno de los concejales.

Pues porque ahora mismo es el único del que me fio.

Vaya… ¿Y eso? ¿Confías antes en un demonio que alguien de tu propia sangre? —Argumentó Graham Brown, el hombre lobo.

No somos familia, Graham, eso lo primero. Lo segundo es que, un octavo de sangre no me hace confiar en ti ni en nadie. Si me fio de Crowley es porque sé que él es un hombre de negocios y que no arrebata la vida si no es previo contrato. —Pude ver una leve mueca de agradecimiento en el rostro del demonio.

 

Me dirigí al despacho del gobernador, justo a la derecha de la puerta de entrada, y busqué el panel de mandos. Estaba en uno de los cajones de su escritorio. Seguí los pasos que me había indicado Albert. Hubo un sutil cambio de luz y pude apreciar como aparecían algunas runas por las paredes. Eso me tranquilizó. Ahora tenía al asesino, fuera quién fuera, preso de aquella casa. Me levanté y observé bien la estancia. Buscando algo que pudiera haber sido el arma del crimen y la hubieran plantado allí. Encontré un revolver en uno de los cajones, pero no me pareció lógico que le hubieran atizado con él, pudiendo dispararle. En la mesa, y por toda la habitación, había fotos familiares. Bien en grupo, bien por parejas. Busqué por las estanterías y di con una botella de coñac. Tampoco me parecía el arma del crimen, así que para celebrarlo me serví un trago. Apoyé mi espalda contra la estantería, con el fin de vigilar la puerta. Un chasquido se escuchó a mis espaldas y antes de que me pudiera dar cuenta había dado con mis huesos en el suelo. Se había abierto una especie de puerta secreta y tras ella había un pasillo. Miré hacia la puerta real del despacho y tras confirmar que no me veía nadie cerré y me adentre por aquel pasadizo secreto.

 

Durante el recorrido podía escuchar perfectamente a los invitados argumentar todo tipo de teorías y lanzarse todo tipo de acusaciones, los unos a los otros. Al final del pasadizo, cosa previsible, había otra puerta. La abrí y me encontré dos sorpresas. Una, estaba en la cocina, situada justo en la esquina diagonal opuesta al despacho. Y dos, otro cadáver, el de Albert, con otro golpe en la cabeza.

 

¡Mierda Crowley!— Grité.

 

Todos vinieron al sonido de mi voz.

 

¿Qué? ¿Qué ha pasado? —Preguntó el demonio.

Tú me dirás… —Contesté indicando con la mirada el cuerpo inerte.

Uy… No me había dado cuenta, estaba muy atento a la sarta de acusaciones que se estaban lanzando tan fervientemente aquí, nuestros amigos.

Bueno, al menos podemos descartar al mayordomo… —Sentencié con toda la ironía que la escena requería. Todos me miraron— ¿Qué? Lo hemos pensado todos…

 

Volví a maldecir mi suerte, la que me había llevado a aquella cena. Suspiré. Dos cadáveres, dos armas desaparecidas y mi tiramisú sin tocar… Decidí que no podía seguir confiando en nadie así que me alejé lo suficiente para que no me pudieran escuchar, sobre todo Violeta, la bruja, y pronuncié un conjuro para congelar en el tiempo al resto de los presentes. Una vez comprobé que había funcionado y todos se habían quedado cual estatuas, comencé a rebuscar por toda la casa. Tenía que encontrar el arma con la que habían matado a Boddy, eso me podía ayudar a descartar o a inculpar.

 

El primer lugar por el que busqué fue el sótano. Allí encontré un trozo de cuerda, una tubería rota y una llave inglesa. Descarté la soga, por lo obvio. Sin embargo la tubería y la llave sí podrían haber servido. Las guardé y continué buscando objetos. En toda la planta baja no encontré nada, lo suficientemente contundente, aunque sí eché en falta un candelabro que había dejado huérfano a su pareja. Tras rebuscar por toda la casa, incluido otro pasadizo secreto que unía la sala de estar con el solárium, pude encontrar la pieza de plata en jardín. Se debían de haber deshecho de él por alguna de las ventanas, quizá con la esperanza de poder llevárselo luego.

 

La sangre, y el cuero cabelludo que todavía se encontraban en él me ayudaron a confirmar que aquella era una de las dos armas. Antes de despertar a los allí presentes registré sus bolsillos, bolsos, coches y demás pertenencias. Hice otro pequeño tour por la casa también. Esto me ayudó a poder descartar sospechosos. Volví a por la tubería de hierro y a por la llave inglesa. Sólo la tubería parecía sospechosa.

 

Con todos estos datos ya podía descartar a varios sospechosos, pero tenía que atar cabos todavía. Si sólo hubiera habido un asesinato, quizá, sería más sencillo encontrar al asesino. Pero eran dos, un alto cargo, como el gobernador, y un simple mayordomo. ¿Qué podían tener en común? Nada, a priori. Decidí aprovechar el poco tiempo que me quedaba para investigar un poco en la red a los sospechosos que conocía menos.

 

El hechizo ya estaba durando demasiado, yo no era tan buen brujo como para mantener este tipo de situaciones de manera indefinida, así que preferí darlo por finalizado yo. Recité el conjuro inverso y todos volvieron a la vida… cada uno dentro de sus posibilidades, claro está.

 

¿En serio, Ray, un conjuro de tiempo? —Fue Violeta, la bruja, la primera en darse cuenta.

Tenía que hacer mi trabajo.

¿Qué trabajo? Si ni siquiera eres un policía de verdad. —Era la voz de uno de los concejales, James Rose.

Soy lo más parecido que tenéis por aquí. Además, soy el que los representaba en esta cena. —Contesté sin darme por ofendido.

¿Y ha averiguado algo? —Preguntó con cierto asco el Archiduque Blood, no pudiendo obviar mi parentesco con los hombres lobo.

Sí, varios de ustedes se pueden ir si quieren. En concreto, McKenzie el wendigo, Celeste la espíritu y Brown el hombre lobo.

¿Qué? ¿Por qué ellos? —Preguntó mi amigo el zombi.

Por las armas, no podrían haber tocado alguna de ellas. Una es de plata y la otra de hierro.

Podrían haber llevado guantes… —Trató de argumentar el Sr. Gold.

Podrían, pero yo no he encontrado ninguno. Así que, si quieren, se pueden marchar. —Hice un gesto con la mano— Tú también, Crowley.

No, yo prefiero ver cómo acaba esto. —Contestó el representante del infierno.

 

Los demás también prefirieron quedarse. Todos querían saber si el asesino era un miembro de alguno de las asociaciones rivales, con el fin de intentar desestabilizarles, con toda seguridad. Yo seguía observando a todos los posibles sospechosos, tratando de leer sus actos para ver si me daban la pista definitiva. No era fácil en algunos casos, el vampiro llevaba cientos de años depurando su arte para mentir. El zombi… bueno, lo poco que quedaba de su cara me inspiraba confianza. A Violeta la conocía, ¿era capaz de matar? Sin duda. ¿De mancharse las manos para hacerlo? No. Las brujas tienen métodos mucho más sutiles para esos menesteres. Quedaban los dos concejales y el banquero, sin descartar del todo al archiduque.

 

Los concejales podían haber sido, por el simple ansia del poder. Pero no era el caso. Ellos pertenecían a la parte baja de la cadena alimenticia. Eran simples ratas. Y no en el sentido figurado. Fuera del mundo de las sombras había otras clases de criaturas, mortales y de aspecto humano… casi siempre… A no ser que tuvieran un cambio de humor, de cualquier tipo, miedo, enfado, ira… No es que entonces dieran su verdadera cara, al menos no a todo el mundo. En realidad la gente normal nunca diría que su vecino es una rata, una serpiente o un león, pero sí lo podían detectar la gente no viva… y por consiguiente los mestizos como yo también. Así pues, ya sólo quedaban dos…

 

Ha sido el Sr. Gold el que ha matado al Boddy con el candelabro en la habitación de invitados. Y a Albert con la tubería en la cocina. —Solté sin más dilación.

 

Las pupilas se le dilataron nada más escuchar la acusación. Y unas pequeñas perlas de sudor comenzaron a aparecer. No mostró ningún otro cambio físico, aunque yo sospechaba que él debía ser un buitre o una hiena, algún tipo de carroñero. La mayoría de los banqueros lo eran.

 

¿Yo? ¿Qué motivo tendría yo para matar al gobernador? ¿Y más aún, a su mayordomo?

Ambos conocían el secreto del gobernador.

 

Todos se me quedaron mirando perplejos.

 

El gobernador tenía un hijo mestizo. De una relación antigua. —Continué.

¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —Preguntó Gold, con un cierto temblor en la voz.

Bueno, aunque eso no está bien visto por ninguno de los presentes… —Sonreí a mi poco amigable público— Es cierto que fue lo que llevó al bueno de Boddy a flexibilizar mucho más las leyes en el estado de Nueva Chop’d. Eso, sin duda, ha beneficiado mucho a los clanes.

Insisto, ¿qué tiene que ver conmigo? —Volvió a preguntar Gold, cada vez más descompuesto.

Podría parecer que nada, pero… A lo mejor nuestros amigos no saben de su pasado en los grupos anti diversidad.

Como usted dice, es pasado…

¿Lo es? Porque en ningún momento le he visto darle la mano a ninguno de los presentes. Incluso, en la cena, no aceptaba los platos de la mano de nadie, siempre los cogía de la mesa. Por no hablar de las organizaciones con las que usted colabora económicamente. Grupos de presión para tratar de erradicar del todo a los no vivos de la sociedad de Nueva Chop’d y de todo el sistema Psi Deral. Lo cual es curioso… Siendo usted un carroñero.

¿Qué me ha llamado?

 

Había conseguido que sacara su rostro real, y tenía razón, era una hiena. Algunos de los allí presentes parecieron sorprenderse, otros no tanto. Al fin y al cabo, como ya he dicho, la mayoría de los banqueros son carroñeros.

 

Carroñero. Y lo mantengo. Lo que no sé es cómo ha sacado valor para matar, pero una vez lo ha hecho, pretendía aprovecharse de ello. —Los demás seguían atentos— no en vano ya tenía preparado un buen candidato, Chris Alpert, que sería su marioneta. Y con él trataría de recortar privilegios al máximo a la gente de las sombras. No todos, porque sigue estando por encima el Senado, pero sí que a buen seguro haría la vida imposible a todos estos grupos.

Suerte demostrándolo. —Dijo con una media sonrisa.

Oh… No tengo por qué hacerlo… Puedo marcharme ahora mismo y dejar que estas amables personas decidan sobre su futuro inmediato…

¡No puede hacer eso!

No me pierda de vista y verá…

 

Hice mención de marcharme. Aún no había llegado a la mitad del hall y Gold ya estaba suplicando por su vida. Llamé a la policía estatal y cuando llegaron los puse al corriente de todo. Maldije por última vez al azar que me trajo a la Mansión Tudor. Puse en marcha mi coche y el grito que había quedado ahogado, del bueno de Sammy Caster volvió a amenizar el camino de vuelta a mi humilde morada.

 

 

Ramón Escolano
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