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Marejada (parte 1)

07-02-2017     (1 votos, 3 puntos)     224 lecturas     2 comentarios
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«Siempre me ha gustado el mar. Es fascinante su inmensidad, su belleza, su fuerza... Me encanta acercarme al espigón, colocarme sobre las rocas y observar el horizonte donde el agua es el único paisaje.

Hoy me siento especialmente decaído. Mi vida ha dejado de tener sentido desde que ella se fue para no volver. Y ahora no me queda más que la belleza de este silencio que me rodea, roto únicamente por las olas rompiendo con fiereza contra la roca.»

Levanté la vista al cielo. Las nubes, cada vez más negras, empezaron a cerrarse entorno al sol, ocultando su brillo.

«Hasta el sol pierde su encanto...», pensé dejando escapar un suspiro.

Estaba decaído. Demasiado. Y mi mente se nublaba de tormentos y pensamientos de huída de esta vida que me ahogaba.

Miré el horizonte una vez más. El viento empezó a soplar con más fuerza. La humedad empezaba a calar mis huesos. Subí el cuello de mi parca y metí las manos en mis bolsillos. Las olas rompían mar adentro bañando la superficie acuática con su blanca espuma. De repente, algo salió del agua y volvió a hundirse con gracia tras dar una voltereta en el aire. Azorado, me acerqué aún más al borde de piedra de aquel viejo espigón abandonado.

«¿Un delfín tan cerca de la costa?», pensé.

Qué equivocado estaba...

* * *

«El mar... Qué inmenso y hermoso es mi hogar...»

Nadaba entre los bancos de peces que empezaban a revolucionarse por el oleaje que empezaba a azotar la superficie. Me encantaban los días de fuerte marejada. Las olas iban aumentando su tamaño y saltar sobre ellas era lo más divertido que había descubierto. Mi hermano siempre me decía que salir a la superficie cuando el mar estaba enfurecido, era la experiencia más emocionante que había vivido, aunque siempre hacía especial incapié en que no desplegara mis alas fuera del agua. Y cuánta razón tenía. Moví mi cola con fuerza y salté fuera del agua. El aire me azotó la cara, ayudándome a girar y a caer de nuevo en el seno del océano.

—¡Qué maravilla! —exclamé girando sobre mí misma.

Abrí mis alas y levanté la vista. El ruido ensordecedor que azotaba la superficie había desaparecido al hundirme de nuevo en el agua. Sonreí y cerrando de nuevo las alas, golpeé el agua con fuerza y me elevé de nuevo. Esta vez el salto fue mayor, llegando a sacar todo mi cuerpo del líquido elemento. Pero por instinto, y sin poder evitarlo, dejé que mis alas se desplegaran al aire. Asustada por el error que acababa de cometer, intenté cerrarlas, pero el viento las utilizó a modo de velas y me arrastró con fuerza hacia arriba, alejándome de mi amada casa.

* * *

—¡Joder! —exclamé al ver que lo que había salido del agua no era un delfín como pensé en un principio—. ¡¿Pero qué es eso?!

Lo que yo creí un cetáceo, resultó ser una especie de pájaro con cola de pez. Y, fuera lo que fuera aquella cosa, estaba siendo arrastrada por el fuerte viento. Ví como intentaba cerrar las alas pero era incapaz de coger el control. Empezó a voltear una y otra vez. El viento cambió de dirección y, para mi sorpresa, empezó a arrastrarle hacia donde estaba yo.

No pude creer lo que pasó a escasos metros sobre mí. Aquella imagen... Aquel rostro con el que llevaba días soñando y que me pareció una broma macabra del destino, pues me torturaba con su sonrisa, haciendome sentir lo que sentía cuando estaba ella, ahora pasaba ante mis ojos con gesto asustado. Apenas me vio, envuelta en ese plumaje azulado que adornaba sus alas. El viento levantó una enorme ola que al romper contra la roca me devoró. Empapado, busqué a aquel extraño ser. El viento y el agua le habían hecho chocar contra las rocas y yacía inmóvil sobre las piedras. Corrí hacia ella aguantando el equilibrio como podía al saltar de piedra en piedra con las olas bañándome cada vez que llegaban a costa.

Me detuve en seco a un par de metros. ¿Y si era peligrosa? Nunca había visto una criatura semejante. Pensé que estaba loco y miré a mi alrededor por si hubiera alguien cerca que puediera ver lo mismo que yo, pero estaba solo. Un relámpago cruzó el cielo y la lluvia empezó a caer sobre nosotros.

No sé el rato que estuve allí de pie, bajo la lluvia incesante y el fuerte viento, luchando contra mis propios demonios. Desde que soñé con aquella cara la desazón y la soledad se habían ido adueñando cada día más de mí. Creí que tenía superada la ruptura con Ángela, pero cada vez que soñaba con esa extraña, cada vez que me sonreía, el recuerdo del amor perdido, el sentir de nuevo calor en mis entrañas, me hacía despertar más desolado. Llegué a intentar dejar de soñar para no verla, debía sacar esa cara de mi cabeza, e incluso empecé terapia porque creí que estaba volviéndome loco. Y, así, sin más, aquel rostro que me había desquiciado y robado la paz, aparecía frente a mí. Era una locura. ¿Cómo puede ser que soñara con una cara que ahora podía contemplar con mis propios ojos? ¿Y lo que era peor, que perteneciera a una criatura semejante?

Tragué saliva y me llené de coraje. Salté a la piedra que quedaba a su derecha y, con cuidado, toqué su cola con la punta de mi zapato...

Continuará...

 

Carmen de Loma
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Opiniones de los lectores

El día 07-02-2017 Andrés Álvarez Iglesias dijo:

Sugerente inicio! Me has dejado con ganas de más!

El día 08-02-2017 Carmen de Loma dijo:

Gracias Andrés! :) Pronto subiré la continuación ;) 

Feliz semana!

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