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Marejada (parte 2)

15-02-2017     (1 votos, 3 puntos)     219 lecturas     2 comentarios
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No sabría explicar lo que sentí al tocarla. Solo fue un instante, un segundo que pareció detenerse y prolongarse hasta el infinito mientras mil sensaciones me arrollaron dejándome confundido y desorientado. Pude verme a mí mismo de pie en aquel espigón, contemplando el vasto océano. Mi visión se agudizó de pronto y como si mi conciencia fuera arrastrada hacia el horizonte, salí despedido hacia mar adentro. La velocidad que iba cogiendo me mareó. Sentí mi cuerpo liviano como el aire. De prontó me precipité hacia el agua y descubrí un fondo oceánico lúgubre. Un barco hundido desde hacía más de cien años, bancos de peces sin color, basura por doquier... Sentí cierta congoja... Los humanos somos lo peor... Pero entonces salí de nuevo arrastrado por aquella fuerza inexplicable y atravesé millas y millas de agua helada hasta que, sin más, el viaje cesó en seco. Volteé sobre mí mismo. ¿Dónde estaba? De la fealdad que acababa de dejar atrás no quedaba nada. Ahora ante mí se abría un mundo subacuático lleno de vida y color. Corales de vivos colores albergaban innumerables especies de peces que jamás había visto antes. Y en medio de ellos, sentada en una roca, riendo mientras jugaba con pequeños pececitos, estaba ella: la extraña mujer de cola de pez y alas azules a la que acababa de tocar. Intenté controlar las sensaciones que iban recorriendo mi cuerpo.

«No es más que un sueño», me decía a mí mismo una y otra vez. «Seguro que al tocar esa cosa me he caído y me he golpeado la cabeza».

Pero parecía tan real...

Su sonrisa... Otra vez esa bonita sonrisa... Sacudí mi cabeza. «¡Deja de soñar con ella! ¡No es real!», me grité lleno de rabia. No era real. ¡No podía serlo! Seguro que mi cabeza me había jugado una mala pasada. ¿Cómo si no iba a haber llegado a este lugar lleno de color y vida?

Mi conciencia volvió a ser empujada con rabia. Inconscientemente me negué a ir, deseaba recrearme en aquella cara que parecía calmar mi ansiedad a la vez que me perturbaba por sentir semejante calma. Pero salí depedido de nuevo. Regresé al barco hundido. Salí del agua y, a lo lejos, me vi de pie en la punta del espigón. Regresaba a mi cuerpo...

Al volver en mí, vi la punta de mi zapato rozando las escamas de la cola de la mujer misteriosa. Lo aparté con rapidez. ¿Qué había pasado? Di un paso atrás asustado. «Tengo que irme de aquí», pensé cada vez más confuso.

Me di la vuelta decidido a salir corriendo de aquel maldito espigón, dispuesto a borrar de mi cabeza todo lo pasado. No soportaba la idea de estar volviéndome aún más loco de lo que estaba. Palpé el bolsillo de mi chaqueta buscando mi móvil. «Luis. Necesito hablar con Luis...», pensé. Luis era mi terapeuta. Saqué el teléfono y comprobé que, aunque estaba húmedo, el abrigo lo había protegido de quedar empapado. Busqué en la agenda y localicé el número personal de Luis, quién me lo dio por si en un momento dado el bajón era demasiado fuerte para que le llamara con urgencia. No estaba de bajón, ¿o quizá si? Ya no sabía qué pensar. Coloqué el dedo sobre la pantalla, a escasos milímetros del cristal, y me detuve antes de marcar. Miré de soslayo el cuerpo inerte de la joven. Movió la aleta de su cola de forma casi imperceptible. Pasé mi mano por el rostro. «Mierda...», pensé odiándome a mí mismo por lo que iba a hacer.

Volví a guardar el móvil en mi bolsillo y aspiré el aire con fuerza intentando calmar la ansiedad que sentía. Retrocedí los pasos andados y volví a situarme cerca de aquel extraño ser. Me agaché a su lado. Con la congoja aplastándome el pecho, alargué mi mano y aparté un mechón de pelo azulado que caía sobre su cara. Mi estómago dio un vuelco al ver su cara de forma tan nítida. Un reguero de sangre verdosa caía desde su cabeza y manchaba parte de su rostro. Saqué fuerzas del propio temor que sentía y la toqué en el hombro, zarandeándola con cuidado.

—¿Ho...Hola? —titubeé—. Oye, ¿estás bien? —«Qué pregunta más tonta», pensé. «¿Cómo va a estar bien si no se ha movido desde que cayó aquí?». —Tienes... Tienes una herida, deberías ir a que te viera un médico.

Al pronunciar esas palabras me sentí como un verdadero estúpido. ¿Un médico? ¿En serio? ¿Cómo iba a ir a que la viera un médico si no tenía piernas? Sonreí avergonzado y apoyé mi cabeza en la mano con el codo cobre mi rodilla. «Maldita sea...». No tenía más remedio. Debía llevarla yo. Pero si me presentaba con aquel espécimen en un hospital...

La tormenta no arraciaba. El agua de lluvia seguía cayendo con fuerza. Cogí el cuerpo de la joven alada entre mis brazos y me puse en pie. Me sorprendió lo poco que pesaba. Y su tacto era frío. Soltó un leve gemido y se acurrucó sobre mi pecho aún inconsciente. Sentí mi corazón acelerarse. Me quedé un instante observándola y, por fin, sonreí.

—Tranquila —murmuré—. Yo cuidaré de ti.

Caminé como pude con ella entre mis brazos, saltando de piedra en piedra. Estuve a punto de resbalar y caer, pero por suerte seguía teniendo buen equilibrio. Alcancé el asfalto. Un rayo cruzó el cielo seguido de un fuerte estruendo. Levanté la vista al cieloun instante y me dirigí hacia mi coche, un utilitario de color negro bastante nuevo, que compré cuando todo parecía irme bien. Abrí la puerta del copiloto y coloqué a la mujer. Abroché el cinturón de seguridad para evitar que se cayera del asiento y, tras sacarme el abrigo, la cubrí con él.

Me senté a su lado y arranqué el coche. Coloqué mis manos al volante y miré de soslayo a la joven. «No sé cómo narices se supone que voy a cuidar a una cosa así», pensé mientras paseaba mi vista por su cuerpo. «En fin, no me queda más remedio». Pisé el acelerador y me perdí por el entramado de calles de aquella vieja ciudad pesquera del norte.

Empezaba a caer la noche y las calles estaban desiertas. Quizá demasiado, pero con la que estaba cayendo, era lógico. Llegué a casa y metí el coche en el parking. En aquel momento lo único que pasaba por mi cabeza era el deseo de no cruzarme con ningún vecino. ¿Cómo iba a explicar lo que llevaba en mis brazos? Si es que era real, claro...

CONTINUARÁ...

Carmen de Loma
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Opiniones de los lectores

El día 15-02-2017 Andrés Álvarez Iglesias dijo:

A ver qué pasa con la pobre sirena alada... O lo que sea esa cosa...

El día 16-02-2017 Carmen de Loma dijo:

A ver, a ver... jejeje Puede ser bueno, o puede ser malo ^^ Un abrazo!

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