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Marejada parte final

15-04-2017     (1 votos, 3 puntos)     35 lecturas     2 comentarios
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«¿Dónde estoy?», pensé al abrir los ojos. Tenía un fuerte dolor de cabeza y mi cuerpo estaba entumecido. No reconocía el lugar en el que me encontraba. Estaba en el suelo, tumbada sobre un colchón, con una especie de tela cubriendo mi cuerpo. Levanté la vista y vi un cielo negro que resplandecía por los rayos que una y otra vez lo cruzaban. La lluvia incesante me empapaba, devolviéndole la vida a mis células. Pasé la mano por mi cabeza y sentí una fuerte punzada al tocar algo que tenía pegado en la frente. «¿Qué ha pasado?». No recordaba nada. Confusa, me esforcé por intentar recuperar los recuerdos perdidos. Como un flash, me vi saltando alegre sobre las olas. Y mi corazón se aceleró al recordar cómo mi cuerpo era arrastrado sin remedio al desplegar las alas. «Oh, no... Como se entere Antiel que desplegué las alas ¡se enfadará mucho!». Antiel era mi hermano. Volví a mirar a mi alrededor. Estaba rodeada por un muro bajo. Y a mi derecha tenía lo que parecía una pared con una puerta acristalada de donde salía algo de luz. Por suerte no había nadie cerca, pero el miedo empezó a crecer en mi pecho. Las palabras de mi padre, el general del ejército de los Ángeles del Mar, rebotaban por mi mente.

¡No quiero que os acerquéis a la supercie! —gritó enfurecido el primer día que vi el cielo azul—. ¡Si os vieran y os cogieran esos mosntruos no sabéis las atrocidades que harían con vosotros!

Mi hermano había ido a saltar sobre las olas. Y yo, que no era más que una cría, le seguí. Para mi mala fortuna, aquel día padre regresó antes de lo previsto y al no encontrarme cerca del arrecife salió en mi busca. Cuando nos encontró, entró en cólera. Mi hermano se enfrentó a él. No creía en esas historias terribles que contaba sobre los seres que habitaban en la superficie. Pero sabía que había cometido un grave error al permitirme estar junto a ellos.

Pero padre, ¡si estamos a millas de tierra! ¡Es imposible que encontremos terrestres por esta zona! —se defendió.

Sus amigos, al ver que la mirada del general se volvía cada vez más iracunda, corrieron despavoridos hacia el arrecife, disculpándose de lejos.

¡Cállate! ¡No ves que has puesto en peligro a tu hermana! —estalló al fin.

¡Ha venido porque ha querido! ¡Nadie le ha dicho que nos siguiera!

Yo me escondí detrás de una roca. Padre me asustaba cuando se ponía así. Guardó silencio un instante con el entrecejo fruncido.

Eres igual que tu madre —dijo con todo el reproche que fue capaz de disparar.

Antiel enmudeció. Noté cómo sus manos se cerraron con fuerza y apretaba los labios.

Prefiero ser como ella, que ser un estirado hipócrita como tú —contestó al fin.

Dijo aquellas palabras con el dolor de quién añora con locura a una persona. Yo no tengo recuerdos de mi madre. Era muy pequeña cuando falleció. Pero Antiel sí había vivido muchos momentos a su lado, y siempre le brillaban los ojos de una forma especial cuando me hablaba de ella. Nunca le he visto sonreír del modo que lo hacía al recordarla. El día que le pregunté cómo murió, simplemente suspiró y me dijo que se fue, sí, pero que se fue feliz.

Mariel, mamá era muy especial —me dijo una vez—. Y tú te pareces mucho a ella. No dejes que las normas y la seriedad y sequedad de padre corten tus ganas de vivir...

Un ruido me sobresaltó devolviéndome a la realidad. Miré a mi derecha y, de pie, junto a la puerta de vidrio, empapándose bajo la lluvia, había un terrestre. Sentí cómo el pánico me devoraba. ¡Un terrestre! ¡No! Me incorporé mareándome un instante. Apoyé mis manos en el suelo y me intenté alejar todo lo que pude de aquel ser.

—Esto... —dijo con temblor en el habla—. ¿Ya... ya te has despertado? —Dio un par de pasos para acercarse a mí. El miedo me empezó a dominar y seguí arrastrándome hasta quedar contra el muro que me rodeaba. Estaba tan asustada que mi cuerpo comenzó a temblar—. No te asustes —dijo con la mano alzada hacia mí—, no voy a hacerte daño.

«Un momento, ¿cómo es que entiendo lo que me está diciendo?», pensé contrariada. Pero no era momento para pensar en eso, meneé mi cabeza para dejar de pensar en tonterías, debía encontrar el modo de huir de allí. Intenté por todos los medios llegar a lo alto del muro, tirando de mi cuerpo con los brazos. Desplegué mis alas en un intento desesperado por alzar el vuelo, pero una de ellas no se movió. El humano seguía acercándose a mí.

—No... ¡No te acerques! —dije alzando la voz.

Pero siguió dando pequeños pasos en mi dirección.

La imagen de mi hermano apareció en mi mente y sólo pude gritar desesperada pidiendo auxilio. Un grito agudo y estridente que provocó que aquel ser se tapara los oídos con fuerza.

* * *

—Antiel, ¿cuántas veces te tengo que repetir que si lanzas así la flecha jamás alcanzará su objetivo? —le dijo el general a su hijo.

Antiel entrenaba cada día antes del amanecer bajo la tutela de su padre para intentar contentarlo.

—Lo sé, lo sé —replicó—, deja que lo intente otra vez.

Cogió de nuevo el arco y lo puso en posición. Recordó la postura de los dedos que solía poner su padre antes de lanzar la flecha y le imitó. Estiró de ella con fuerza y tensó la cuerda todo lo que pudo. Su objetivo se situaba a varias millas: un pequeño aro por el cual debía colar la flecha sin tocarlo. Se concentró en el objetivo y frunció ligeramente el ceño.

«¡Antiel!»

El grito desesperado de su hermana resonó con fuerza en su cabeza y le desconcentró. Soltó la flecha y ésta se dirigió irremediablemente hacia su padre.

—¡¿Estás loco?! —gritó esquivándola—. ¡¿Quieres atravesarme con eso?!

Antiel miró a un lado y a otro. ¡Aquella voz era la de su hermana! Otro grito ensordecedor atravesó su cabeza y en esta ocasión, una serie de imágenes lo acompañaron. Era la joven Mariel. Estaba saltando las olas y reía feliz. De golpe la imagen cambió y la vio volar sin rumo arrastrada por el fuerte viento. Y la última, la escena que hizo que cada músculo de su cuerpo quedara rígido, fue ver a su hermana en tierra, acorralada bajo la lluvia por un terrestre. Cuando la imagen se desvaneció, en su retina aún quedó grabada la expresión de terror de ella.

Su padre, con la decepción escrita en la cara, se dirigió hacia él.

—¡Ya estás en babia otra vez! —le regañó mientras le cogía por el brazo para quitarle el arco—. Mientras sigas siendo un irresponsable no vuelvas a pedirme que te entrene.

Cuando levantó la vista del arco hacia su hijo, se dio cuenta de que el joven no le había escuchado. Fue a recriminarle su impertinencia cuando se dio cuenta de que algo le pasaba. Entonces, con un pequeño balbuceo, el chico nombró a su hermana.

—¿Qué ocurre Antiel? —preguntó disminuyendo el tono agresivo. Pero Antiel solo podía pensar en cómo ayudar a Mariel. —¡Antiel! ¡Quieres contestarme!

El joven volvió en sí. Miró a su padre y desvió la mirada buscando el modo de escabullirse de él, aunque por muchas vueltas que le daba no se le ocurría el modo de ayudarla. Ni sabía dónde estaba, ni cómo podría adentrarse en tierra firme.

Finalmente, después de reflexionar en silencio, mirando los ojos cada vez más preocupados de su padre, dejó escapar un suspiro abatido y se soltó de la mano que lo aferraba con fuerza.

—Padre... Mariel está en peligro.

* * *

—Si sigues gritando así vas a despertar a todo el vecindario —dijo el terrestre agachándose para quedar a mi altura, a una distancia prudencial. Sonrió con ternura. —Siento haberte asustado... No pretendo hacerte daño. Te lo juro. Llegaste a mí arrastrada por el viento y caíste golpeándote y quedando inconsciente. No sabía qué hacer y te he traído a casa para curarte la herida... Por cierto, me llamo Ángel. —Guardé silencio. La sonrisa de ese hombre... No sé porqué, pero era como si la hubiera visto en algún lugar. Una punzada en la cabeza me obligó a sujetarme la frente. —Deberías tumbarte, el corte es bastante feo y puede que te marees si estás en pie.

Haciendo caso omiso a lo que decía, sentí escalofríos al pensar que un humano me había tocado. Y si había estado inconsciente ¿qué clase de barbaridades habría hecho conmigo? Nerviosa, empecé a palpar mi cuerpo. Miré cada trozo de piel que tenía al descubierto.

—¿Qué haces? No deberías moverte tanto. Tienes un ala partida y el golpe en la frente se te volverá a abrir si no paras... —Entonces cayó en la cuenta de lo que estaba haciendo y se ruborizó—. ¡Oye! ¡¿No estarás pensando que yo...?!

No... No parecía que me hubiera hecho nada. Me le quedé observando un instante. Se movía nervioso de un lado a otro pasando la mano por el pelo una y otra vez.

—En serio... ¡No te he tocado! Bueno, a ver, sí te he tocado... ¡Pero lo estrictamente necesario para traerte aquí y curar tus heridas! —Hablaba rápido y me costó entender lo que decía, pero me resultó gracioso el modo como se movía. No lo pude remediar, y se me escapó una risita. Se detuvo frente a mí y añadió—: Ahora te ríes de mí... Un momento. ¿Te estás riendo?

No pude contenerme. Entre los nervios, el miedo y aquel extraño que se movía de un lado a otro balbuceando de aquella manera, empecé a reír cada vez con más ganas. Era superior a mí. Las situaciones más inverosímiles siempre me hacían reír, supongo que como estrategia para calmar mis miedos.

***

Eran dos almas encontradas, dos seres separados por milenios y encontrados por el destino. Conocidos gracias a los sueños, ambos sabían que no eran peligrosos el uno para el otro. Pero no así el resto de los de su especie: Los humanos, deseosos de encontrar nuevas especies para estudiarlas y ver si pueden sacar provecho de ellas; Las sirenas aladas, olvidadas por los seres celestiales, recluidas en el fondo marino, defendiéndose cada vez con mayor dificultad de los terrestres. Y, ambos, con el odio y el deseo de poder por bandera.

Mariel miró al terrestre que tenía delante con creciente curiosidad. Ángel, por su parte, estaba fascinado por la risa de aquella extraña criatura.

—Sabes —dijo Ángel arrodillándose delante de ella y apoyando su cara en la mano—, sé que vas a pensar que estoy loco, pero... ¿Sabes que he soñado contigo?

Mariel soltó una leve risita.

—Menuda bobada... ¿Cómo vas a soñar conmigo? —dijo intentando dominar los nervios que le produjo saber que él también había soñado con ella.

—¡Lo digo en serio! —exclamó con un aspaviento—. Y no es porque esté loco... A ver, sí que voy a terapia, pero ¡te juro que te he visto en sueños! —se la quedó mirando un instante, y con un suave murmullo añadió—: Además, sería imposible olvidar esa bonita sonrisa...

Mariel se ruborizó. Ya recordaba de qué le sonaba la cara de aquel terrestre. Ella también había soñado con él. Y siempre era el mismo sueño. Él la cogía de la mano cuando las lágrimas caían sin poder ser retenidas y, con una leve sonrisa, le borraba el dolor que su pecho sentía. Noche tras noche, aquel extraño de cara alargada y mentón marcado, con los ojos marrones más hermosos que recordaba, había ido colándose en su pecho. Y ahora... Ahora...

Un fuerte fogonazo, seguido de un estruendo que hizo retumbar los cristales del balcón, hizo que ambos levantaran la vista al cielo. Las nubes negras centelleaban una y otra vez. Y, a cada segundo, el cielo rugía de nuevo.

—Parece que la tormenta va a apretar... Será una suerte —dijo Ángel, poniéndose en pie y mirando por el murete hacia la calle—, con la que va a caer podré llevarte de vuelta al mar sin que nadie nos vea, ¿no...?

Mariel esperó a que terminara la frase, pero se fijó en que el cuerpo del terrestre se había puesto rígido y sus manos aferraban con fuerza el ladrillo bañado de cemento.

—¿Qué... qué te pasa? —titubeó.

Pero Ángel no contestó. Su rostro había palidecido y su boca, entreabierta, no emitió sonido alguno. Mariel empezó a preocuparse e hizo un amago de acercarse al muro para poder levantar su cuerpo.

Entonces se giró hacia ella. Su cara desencajada, con los ojos abiertos que parecía que se fueran a salirse de sus órbitas, dibujaba el terror en su mirada.

—Ángel, ¿pero qué te pasa? —preguntó, cada vez más nerviosa.

De pronto sintió una punzada en su pecho al reconocer el ruido que poco a poco fue envolviendo el silencio, roto por aquellos relámpagos que azotaban el cielo con furia.

La masa de agua llegó pocos segundos después.

El golpe contra el edificio fue de tal fiereza que los cimientos se tambalearon. El agua saltó el muro y arrastró al terrestre. Mariel notó la fuerza de la corriente que la empujaba y sintió cómo el agua agarraba su muñeca como si se tratara de una lengua viscosa que tiró de ella intentando sacarla de aquella prisión de hormigón.

—¡Ángel! —gritó, sujetándose con fuerza al muro para no ser arrastrada hacia el interior de la masa de agua. El cuerpo del humano golpeó el cristal del balcón que se rompió en pedazos y se coló en el interior.

Golpes cada vez más severos azotaban el edificio una y otra vez.

La ciudad entera fue tragada por la ola gigantesca, ahogando a los habitantes antes de que ni siquiera pudieran darse cuenta. Coches y farolas eran engullidos y escupidos por el agua una y otra vez. Los edificios más débiles no aguantaron la embestida y se derrumbaron haciendo que la ola se volviera aún más letal. Mariel intentó desesperada librarse de la lengua que tiraba de ella, pero por más esfuerzos que hacía apenas si podía agarrarse. Miró al humano, su sueño. Intentaba ponerse en pie en la sala, aguantando la fuerza del agua que caía escaleras abajo por la puerta de la casa. Su rostro sangraba. Alzó la vista y la vio. El pánico devoraba su mirada.

—¡Mariel! —gritó alguien desde el cielo.

La joven alzó la vista y vio a su hermano volando a varios metros de ella. El joven voló hasta ella y con una daga de coral rompió la lengua de agua que aferraba a su hermana.

—¡Hermana!

La cogió por la cintura y la elevó unos metros hacia el cielo.

—¡Antiel! ¡¿Pero qué ha pasado?! ¿Qué es todo este agua?—dijo, señalando la masa de líquido a sus pies—. Dios mío... —Se tapó la boca con las manos horrorizada—. La ciudad...

—Escuché tu grito de auxilio —respondió Antiel con cierta congoja en su voz. Mariel no podía apartar la vista del horror que se vivía en tierra—. Estaba con padre...

Miró a su hermano con incredulidad.

—No... No puede ser...

—Lo siento hermana, no sabía qué hacer... Pensé que me dejaría venir a buscarte, pero ¡entonces enloqueció! ¡Y mandó a Kýma en tu busca!

Antiel pasó la mano por su pelo, nervioso.

—¡A Kýma! ¡¿Por qué le dejaste hacer eso?!

—¡No tenía elección! ¡Estabas en peligro! Y padre... padre... —Desvió la vista hacia la masa de agua—. No podía dejar que esa bestia te llevara ante él... ¡Ha perdido la cabeza, Mariel! ¡Ha asesinado a una ciudad entera! ¿Qué hará contigo cuando te lleve ante él?

Mariel bajó el rostro. Sabía perfectamente lo que le pasaría. Su madre había pasado por ello antes, ¿cómo no saberlo?

El edificio bajo ellos comenzó a resquebrajarse. La joven miró hacia la casa del terrestre y sintió la necesidad imperiosa de correr en su ayuda. Su padre jamás la perdonaría por salvar a un humano. Pero su sentencia estaba dictada antes de regresar a casa. Miró a su hermano, le besó en la mejilla, apartó el brazo que la sujetaba y se dejó caer. Antiel intentó detenerla, pero antes de alcanzarla el cuerpo de su hermana se zambulló en el interior de Kýma.

La joven nadó con todas sus fuerzas y se adentró en el edificio buscando a su salvador. Se lo debía. Y no sólo por haberla salvado, sino porque, si él moría, tenía la sensación de que su vida dejaría de tener sentido.

El techo del edificio se desprendió.

Una maraña de hierros y trozos de hormigón comenzó a caer hacia ella. Esquivando casquetes, nadando lo rápido que su dolorida cola le dejaba, alcanzó a oír unos golpes en una de las puertas. Era una puerta metálica a medio abrir por donde asomaba un brazo que se agitaba nervioso. Dio un coletazo y nadó hacia allí. Una mujer, desesperada, golpeaba las puertas del ascensor intentando salir de él, aguantando con la otra mano el cuerpo sin vida de un niño. Cuando la mujer la vio, dejó escapar un grito que, inevitablemente, provocó que el agua entrara definitivamente en sus pulmones. Murió.

Mariel reculó asustada. ¡Tenía poco tiempo!

—¡Ángel! —gritó—. ¡Ángel!

Pero ni rastro del hombre.

—¡Mariel! ¡Mariel vuelve!

Era su hermano desde la superficie.

La lengua de agua viscosa la volvió a agarrar con fuerza, tirando de ella hacia el exterior. La joven se revolvió como pudo, agitándose y girando sobre sí misma, pero no conseguía liberarse. La arrastró golpeando su cuerpo contra todo lo que se cruzaba en su camino. Su ala rota quedó ensartada en una viga de madera partida. Intentó soltarse, pero Kýma tiraba de ella sin piedad. Se desgarró. Mariel dejó escapar un alarido y vio cómo parte de su delicada ala era arrancada de su cuerpo. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

No tenía tiempo de compadecerse de sí misma y volvió a forcejear contra su captora. Mientras ascendía atravesaron lo que había sido el hogar del terrestre. Miró a un lado y al otro buscándole. «¡Ángel!», pensó al verle. Atrapado entre unos hierros del tejado, el hombre hacía verdaderos esfuerzos por liberarse antes de que el agua cubriera su rostro.

Desesperada, viendo cómo el terrestre poco a poco iba quedando sepultado por el agua, consiguió agarrar un trozo de vidrio con el que atacó la lengua de líquido que la sujetaba. Tras un forcejeo que se le hizo eterno, consiguió librarse de ella. Nadó veloz hacia Ángel, que respiraba el poco aire que quedaba entre el agua y el techo de su casa. Cuando le alcanzó, el agua le cubrió por completo. Agarró el metal con ambas manos y tiró con fuerza intentando abrir un hueco por el que el hombre pudiera escapar.

—¡No te preocupes! —gritó apartando cascotes a un lado y a otro—. ¡Te sacaré de ahí!

Ángel se apartó del entresijo de hierros, ladrillos y madera e intentó a su vez mover la viga que le impedía salir de aquella esquina. Sintió cómo el oxígeno iba consumiéndose en sus pulmones. Y las fuerzas fueron menguando.

Se rindió.

Miró a la sirena de hermosas alas azules y sonrió. «Qué bonita eres...», pensó, recordando las veces que la había contemplado así mientras dormía.

Mariel se detuvo al sentir que la observaba.

—No te preocupes Ángel —dijo notando cómo se le quebraba la voz—, te... te sacaré de aquí, te lo prometo...

Sus ojos se inundaron de lágrimas.

Agarró con fuerza un trozo de piedra e intentó apartarlo con todas sus fuerzas, cuando notó el calor de su mano sobre las suyas. Miró sorprendida.

«Déjalo, pequeña...», pensó.

Ella negó con la cabeza.

—No... No pienso dejarte aquí —sollozó mientras las lágrimas, que brillaban como si tuvieran luz, resbalaban por sus mejillas.

Tiró de su brazo para acercarla hacia él y, cuando estuvo lo bastante cerca, pasó la mano por su mejilla y apartó una de las lágrimas con el dedo.

Humano y sirena se miraron a los ojos y, sin hablar, se dijeron lo que tanto tiempo llevaban esperando decirse el uno al otro.

Ángel sonrió y Mariel, por primera vez, sintió en sus propias carnes lo que sentía en sueños.

«Vete, mi sirena... Ve y vive por mí...»

Ángel empezó a notar cómo su visión se nublaba. Necesitaba respirar. Soltó a su niña, a aquella a la que, sin saberlo, había amado desde siempre, y dejó que, por fin, el agua entrara por sus orificios. Un dolor horrendo le abrasó mientras el agua entraba en sus pulmones. Y la oscuridad le envolvió.

Había muerto. Ángel, el terrestre que le había salvado de morir en aquel espigón, se había ido para siempre.

Kýma pareció reírse desde el fondo de la enorme ola. Agarró la cintura de la sirena y la condujo hacia el exterior del edificio.

En la superficie, reflejos azulados brillaban de vez en cuando. Eran los intentos desesperados de Antiel por entrar en el seno de Kýma para salvar a su hermana. Pero el escudo de ésta impedía que pudiera ni siquiera acercarse.

Cuando vio a su hermana guiada por el brazo acuoso hacia el mar, voló hacia ella desesperado. No podía permitir que su padre la encerrara. Recordaba cómo su madre, encerrada en su prisión de coral y piedras preciosas, perdió la cordura hasta el punto de quitarse su propia vida. Pero al verla se detuvo en seco. Mariel no parecía dispuesta a revelarse contra su destino...

Ahora vaga sin rumbo por su celda de belleza incalculable. Recorre las estancias del castillo con la sombra de la tristeza cubriendo su mirada y su brillo. Sabe que él no va a regresar jamás. Y, sin él, sin esa mirada dulce y tierna, su vida carece de sentido. Sólo le queda el recuerdo, rememorar cada segundo que pasó junto a él hasta que los años pasen, los siglos, los milenios... Y, por fin, su tormento acabe.

FIN.

 

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.

 

Carmen de Loma
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Opiniones de los lectores

El día 15-04-2017 Andrés Álvarez Iglesias dijo:

Vaya final más intenso! No me esperaba que la historia fuera por  estos derroteros al leer las anteriores partes. Pero te ha quedado muy bien :-)

El día 17-04-2017 Carmen de Loma dijo:

Muchas gracias, Andrés!! Si, la historia tomó un rumbo que no esperaba, jeje. Y me alegra saber que te ha gustado cómo ha quedado ^^ 

Un abrazo!! Y gracias por leer y comentar ;)

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