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25-11-2014     (4 votos, 11 puntos)     2478 lecturas     1 comentarios
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-¡Venga, vente! Lo pasaremos de puta madre. Y veremos una película de terror.

Esa fue la última táctica de persuasión, la última carta. Entonces me animé, aunque en ese momento no era consciente de que realmente esa película de terror la iba a vivir en mis carnes.

Y ahí estaba, tercer cubata de la noche en casa de Denton. Me encontraba sentada en el sofá sometida a una atmósfera densa: ruidos, humo, olores, risas, gente… Era un ambiente demasiado saturado a lo que estaba acostumbrada. Claro que no me molestaba el humo del tabaco, ni de la hierba; pero nunca había experimentado ese ambiente fuera de mi soledad. La verdad es que no me considero una erudita en las relaciones sociales, cualquier contacto con otra persona me resulta bastante extraño. No estaría aquí de no ser por la invitación de Denton, uno de los pocos amigos que tengo.

-¿Ponemos la peli o qué? –exclamó un chico de ojos claros que no dejaba de manosear a dos chicas en el otro sofá.

-Va, ahora la pongo –dijo Denton que acababa de llegar con una botella de vodka.

Miré con deseo la botella mientras él la posaba sobre la mesa. En cuanto acabe el cubata, iré directa a catar ese delicioso néctar.

Parecía que los chicos no sabían dónde habían dejado la película. Buscaban por los muebles, por el suelo, por los sofás. Ya no me importaba mucho si veíamos la película o no. No obstante, estaba tan aburrida que accedí en colaborar en su búsqueda. En cuanto me levanté vi manchas de sangre en el sofá, justo donde estaba sentada. Me sobrecogí. Examiné el sofá detenidamente y es entonces cuando vi que la sangre venía de mi mano. No era esta la película de terror que quería encontrar.

Retrocedí asustada de tal forma que golpeé la mesa y todos los vasos de plástico temblaron con el consecuente derrame de su contenido. Hice caso omiso a las quejas que parecían venir de otro mundo. Miré mi mano izquierda detenidamente, la escruté con cuidado como si fuera un arma de relojería. ¡Eran los dedos! ¡Me faltaban las puntas de los dedos! Mis uñas no estaban enteras, la mitad de mis primeras falanges habían desaparecido. Es como si las hubieran cortado con un cuchillo.

Me senté en el sofá, de nuevo, pues estaba a punto de desmayarme. Lo más sorprendente de esto es que no sentía dolor en absoluto. Dolor… una sensación que conocía más que nadie y que siempre acompañaba al miedo. Ahora este último estaba solo, quizás acompañado de una creciente desesperación.

Por más que examinaba la herida, no encontraba razones para lo ocurrido. Eché otra ojeada nerviosa al sofá en busca de respuestas con la esperanza de encontrar los cachos de mano que me faltaban o si acaso algún objeto dañino que diera una explicación lógica a esta absurda situación. Desistí y rompí a llorar desesperadamente, una vez más mi vida me ha recompensado con otro acontecimiento absurdo del que no encontraba ni razón ni culpa. Me agarré la mano con fuerza pero la hemorragia no desistía. Parecía un sueño: me faltaba parte de mis dedos, sangraba como nunca lo había hecho en mi vida y sin embargo, no sentía ningún dolor físico.

Miré alrededor de mí en busca de una mirada compasiva o una mano dispuesta a ofrecer ayuda. La gente permanecía ajena a lo que estaba ocurriendo. Todos bebían, reían y se divertían. Parece que la película de terror ya estaba reproduciéndose. Encontré los ojos horrorizados de Denton que enseguida se acercaba a ver qué ocurría.

-¡Candice! ¡Joder! ¿Cómo te has hecho esto?

Quise contestar pero en mi garganta había un nudo que me lo impedía.

-Ven, tienes que parar de sangrar –me cogió del brazo- ¡Vamos!

Me llevó hasta su cuarto de baño donde sacó del espejo vendas y gasas acompañadas del molesto tembleque de sus nerviosas manos. En ese instante una chica entró por la puerta, era Haylie, la novia de Denton.

-¿Qué ocurre? –preguntó con un súbita indiferencia.

-¡No sé! ¡Es como si se hubiera cortado! ¿Qué te ha pasado, Candice?

Su cara de terror y sus nervios empezaron a invadir mi cuerpo como un virus que arrasaba con todo. Me estaba vendando de forma muy torpe, por lo que me aparté y empecé a hacerlo yo misma con toda la calma que podía tener.

De mi boca salieron estas palabras: “Yo no he hecho nada”. No sé por qué en ese momento me sentía acusada por la intranquila mirada de Denton y por el semblante de piedra de su novia. Cuando me di cuenta, Haylie ya se había ido. Parece ser que este increíble accidente no era digno de su atención.

Apreté la venda como pude pero la hemorragia no cedía. La angustia que sentía se convirtió en claustrofobia. La sensación de ahogo me azotaba sin compasión. Todo se convirtió en un agujero negro que quería absorberme. Salí corriendo del baño, necesitaba aire. Esquivé aquellos cuerpos ebrios que se retorcían de forma ilógica por el salón. Una vez en el balcón, llené los pulmones con el aire fresco de la noche. Desaparecieron los latidos y espasmos frenéticos de mi pecho. Sin embargo, parecía que el terror no quería abandonarme aún. Noté algo caliente en mi pie. Dirigí la mirada hacia abajo y vi como mi mano no dejaba de sangrar aun vendada. No podía creerlo. ¿Es qué no iba a acabar esto nunca? Arranqué las vendas dispuesta a lanzar una mirada llena de furia hacia mi mano con la esperanza de que dicho gesto amenazante cortara la hemorragia. Toda mi mano estaba completamente llena de sangre y aun sin dolor. Había algo distinto, completamente diferente. Ahora tenía menos falanges que antes, solo tenía la mitad de los dedos. ¿Cómo era posible? Entré en pánico. Rebusqué por la venda en busca de algún trozo de mi carne perdida. Solo había sangre. ¿Cómo puede ser?

-¡Llamad a una ambulancia! ¡Por favor! –grité corriendo de nuevo dentro del salón sujetándome la mano en su incansable torrente de sangre- ¡Necesito ayuda!

Nadie parecía hacerme caso, todos estaban demasiado ebrios. Una vez más, estaba completamente sola. La impotencia y el desamparo siempre me habían acompañado y eran los únicos con los que podía contar en estos momentos.

Mi nerviosa y desesperada mirada buscaba a Denton, el único que me ha intentado ofrecer ayuda en esta sangrienta tragedia. No lo encontraba. Lloraba pidiendo ayuda una y otra vez pero los demás estaban lo suficiente colocados como para ignorar la amenaza que se cernía sobre mí.

-¡Deja de hacer la gilipollas, tía! ¡Joder! –dijo un chico con una gorra al que le había pedido ayuda- Al final, te voy a meter dos hostias.

¿Dos hostias? ¿Dos hostias? Era una amenaza. En ese momento la furia invadió todas las células de mi cuerpo. En mi piel afloró el terrible dolor de los golpes y el fantasma de las humillaciones a las que fui sometida. Otra persona que se une a hundirme en esta espiral de violencia. Olvidé completamente lo que le estaba pasando a mi mano y me tiré a él. Lo tiré al suelo y empecé a pegarle. Él forcejeaba y por un momento tomó el control y empezó a propinarme un puñetazo tras otro. El férreo sabor de la sangre, la presión y el dolor de los golpes, la sensación de impotencia, la cruel desesperanza… Todo lo que mi padre me había hecho pasar durante años y todo lo que enmascaraba las capas de maquillaje y las adicciones tóxicas que se adueñaban de mi mente.

Intenté librarme de esa tormenta de puños pero no podía levantarme. Todo lo que veía estaba teñido de rojo. El color carmesí fue oscureciéndose hasta convertirse en color negro.

Desperté en otro lugar. Miré a mi alrededor: un gotero, un monitor de pulso, sábanas blancas, decoración sobria… Estaba en la habitación de un hospital. Tenía la mano vendada y una vía en el brazo derecho. Me llamó la atención la bolsa roja que colgaba del soporte del gotero. Parecía que la pérdida de sangre había sido tan alarmante como para practicar una trasfusión.  El olor a sangre era inaguantable. Miré hacia mi mano izquierda, había algo raro. El mareo y el color rojo que teñían las vendas y la cama impedían que me diese cuenta de qué había pasado con mi brazo.

-No lo mires, Candice, será peor –dijo una voz que enseguida comprobé que era de Denton.

Estaba sentado en un sofá en frente de la cama con expresión nerviosa. Al lado había una mujer rubia con gesto severo, era mi madre.

-No sé que se te ha podido pasar por la cabeza –dijo mi madre- cada día me tienes más harta… ¿Por qué nos haces esto?

Me empecé a poner nerviosa. La presencia de mi madre siempre había sido una chispa que ponía todo mi cuerpo a un ritmo frenético. Nunca pudo perdonar que mi padre estuviera en la cárcel por maltratarme. Y yo nunca la perdonaré por su desconfianza, sus desprecios y, sobre todo, por darme una vida que se sustenta en el dolor y la violencia.

-¡Yo no he hecho nada! -repliqué.

-Estoy cansada de tus celos y tus intentos de llamar la atención –suspiró mientras se limpiaba el sudor de la frente- siempre haciendo las mismas tonterías.

-¿Tonterías? ¿Es una tontería todo lo que me hizo pasar ese hombre? –me quejé mientras sentía un terremoto dentro de mí- ¿Lo que me hace tu nuevo novio es una tontería? ¿Esta mierda que me pasa en la mano es una tontería?

-Candice, por favor, basta ya. Estoy harta de que te hagas daño para joderme la vida… ¿Te parece bonito haberte amputado la mano? A ver si a la próxima tienes más luces y te cortas la cabeza.

¿Había dicho que mi mano estaba amputada? No podía ser, eran solo los dedos. Eché un nuevo vistazo y lo vi claramente. ¡Había perdido mi mano izquierda! Miré a Denton. Parecía bastante incómodo en esta situación.

-¿Qué coño habéis hecho? –miré con furia a los dos mientras las lágrimas resbalaban por mi rostro- ¿Los médicos me han amputado la mano? ¿Qué coño le pasaba a mi mano?

 -No sé, estaba un poco bebido, Candice. Solo sé que te vi en un momento con los dedos cortados y cuando te llevamos al hospital después de la pelea con Jim ya no tenías mano –explicó Denton nervioso.

Hundí la cabeza en la almohada. Todo me daba vueltas. En una noche he ido perdiendo poco a poco la mano y nadie sabía cómo. ¿Es eso lo que importo a la gente? Nada tenía sentido. Clavé la mirada en el muñón donde una vez estuvo mi mano. Las vendas seguían húmedas, la hemorragia se negaba a remitir. Yo no me la había cortado. Mientras intentaba pensar cómo me había podido pasar esto, mi madre mantenía una afable conversación con Denton. Le estaba contando que estaba embarazada de su nuevo novio y que había ido esta mañana a comprar más ropa de bebé.

Sentía esa sensación de soledad más fuerte que nunca. Era invisible a los demás. Mi vida no le importaba ni a quienes me la dieron. Mi mano ha ido desapareciendo poco a poco a lo largo de la noche. Es como si hubiera llegado la hora de desaparecer de este mundo. Si existe un dios, este ha decidido corregir el error que supone mi existencia.

Ahora mismo soy un dibujo y el dibujante ha empezado a borrarme. Poco a poco, con cuidado y sin arrugar la hoja. No, soy menos que eso, soy un conjunto de datos que mi creador está borrando. No hay destrucción, no hay dolor, solo una barra de progreso o una pequeña cuenta atrás. Mis ganas de vivir se han ido borrando con cada golpe, con cada insulto y cada desprecio. Había llegado la hora de llevarse este cuerpo vacío.

Todo apunta a que el dolor físico ya no existe en mi cuerpo. Estoy agradecida a ese creador de haber empezado borrando a aquella compañera que ha estado unida a mí en este viaje. Ojalá también borre aquellos sentimientos unidos a mi existencia: miedo, angustia, impotencia y, sobre todo, esperanza. Lo que más me duele es la esperanza, es un sentimiento que te agarra a un día a día lleno de dolor. Aun persiste en estos momentos en los que me encuentro sola en la habitación del hospital dibujando en el suelo un mundo lleno de felicidad con la sangre de mi brazo izquierdo. Ahora me doy cuenta, he perdido ya medio brazo. Sonrío mientras observo los dibujos de color carmesí en los que una niña pasa un buen día con su madre en una feria bajo el radiante sol. Por fin comprendí lo que debía hacer. Borré todo el dibujo reduciéndolo a una deforme mancha de sangre. Estimado creador, puede que tú borres mi cuerpo pero seré yo aquí y ahora quien borre mis palabras.

Tenebrae
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Opiniones de los lectores

El día 25-11-2014 Andrés Álvarez Iglesias dijo:

¡Qué tensión! Me ha gustado mucho la forma de narrar del relato. Y la historia es estupenda, directa a donde tiene que ir. ¡Y qué final! ¡Enhorabuena!

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