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Viaje de ida

15-04-2017     65 lecturas     0 comentarios
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Sonó el despertador. Ella se hizo la dormida. Apenas pegó un ojo aquella noche. Su cabeza llena de pensamientos, que no le permitieron relajarse, ocuparon su mente las largas últimas horas.                                                                                                 

 Él se levantó lentamente y fue al baño. Al regresar y tratando de no despertarla, se vistió casi en silencio. Antes de abandonar la habitación, ella sintió que se acercaba a la cama, le apoyaba suavemente los labios en su frente y expresó un suave: -Hasta mañana querida-
Consideró oportuno emitir un ronroneo, y se dio vuelta dándole la espalda. Así lo prefirió, sin grandes despedidas. Normal y sencillo.
Aguardó un rato, dando tiempo a que desayunara. Al escuchar el cerrar de la puerta, se elevó para espiarlo por la ventana. Observó como entraba al coche y salía del garaje rumbo a la calle.
Era uno de esos viajes mensuales, por dos días, en que rendía cuentas de lo acontecido, ante la Central en la ciudad capital.  Su marido era encargado de la sucursal local de una compañía constructora.
Se levantó, y así en camisón fue hasta el ropero de la pieza de huéspedes para elegir una valija apropiada. Ya había decidido que llevaría lo mínimo indispensable para dos o tres días. Dinero no era su problema, así que con el asunto de la ropa ya se arreglaría a su debido momento. La valija como las de las azafatas, con las rueditas, que compró en el supermercado en el mes de las ofertas, calzaba exactamente para sus necesidades. Decidió prepararla y luego dedicarse a lo demás.
Le costó decidirse con respecto a que ponerse para viajar. Siempre le tardaba escasos minutos, pero aquella mañana, como a propósito, la decisión no llegó rápido. Optó por un trajecito de color suave y de estilo clásico. Se maquilló y bajó a tomarse el cafecito matinal.

Mientras se calentaba el agua, agarró el block de hojas donde anotaba las compras y escribió unas pocas y concisas líneas, las cuales ya las tenía en mente; medio explicativo y medio de despedida.
No arrancó la hoja, dejándolo abierto, al lado de la pava, como era acostumbrado.
Recordó que la semana anterior cuando lo decidió, estaba segura que durante los preparativos en la mañana antes del viaje estaría nerviosa y de mal humor. Más no fue así, actúa con mucha tranquilidad, como si fuera un día más de su rutina. Un día más de su vida.

Buscó una cartera, pero al final eligió un bolso de mano, le pareció más apropiado. Entonces se dedicó a colocar dentro del mismo todo lo necesario, tarjetas de crédito, pasaporte, lentes, y algo muy especial, el número de teléfono de su amiga Inés, para llamarla apenas llegase a destino.
*¡Que sorpresa le daría!* pensó. Lo que dudaba era como lo tomaría. Ella era su mejor amiga; desde la niñez estuvieron cerca y juntas. Hasta que tuvo que viajar con el marido al extranjero porque lo trasladaron por asuntos de su empleo. Ahora ya tendrían mucho tiempo para charlar, se conformó a si misma. Estaba segura que su amiga la comprendería al haber tomado tal decisión.
Pidió un taxi dando como referencia el café de la esquina, sobre la Avenida del Floral. Así se le ocurrió.
Subió al coche, pidiendo que la lleven al aeropuerto internacional. En el transcurso del viaje, trató de imaginarse la forma en que reaccionaría el marido al volver del viaje y no encontrarla en casa. Entraría dando el gritito acostumbrado: -¡¡Ya volví pichona!! Dejaría las cosas en el living e iría hacia la cocina. Al no verme allí, de un salto me buscaría en el baño. Y luego, por supuesto en el jardín. Obvio que a esta altura de las cosas, los nervios se le subirán, y volverá a la cocina a buscar algún dato,  enseguida reparará en lo escrito en el block.

    -Ya llegamos Sra.- Anunció el taxista. Abonó lo que correspondía y marchó hacia la recepción del aeropuerto.
Como siempre, mucho ruido, mucha gente, valijas, chicos, etc. Rápidamente se presentó en el mostrador de la compañía donde había reservado el pasaje la semana anterior. Por suerte el vuelo no estaba demorado. Decidió ir al bar a tomar un expreso.
Se ubicó en una mesa al lado del ventanal frente a las pistas. El ir y venir de los aviones la distrajo unos momentos. Faltaba una hora para su vuelo. No era tiempo en exceso pero para ella resultó una eternidad.
Quería terminar con todo lo antes posible. Le costó decidirse. Fueron diez y ocho largos años de matrimonio. La falta de hijos quizás intensificó, a través del tiempo, esa falta de unión, de compañerismo, de compartir. Sí, hubo amor. Creyó. Pero esa mañana en el aeropuerto, tampoco de ello estuvo segura.
Sonó su celular. Era él. No dio fe a sus ojos al mirar el número tan conocido. ¡No podía ser!
    -Si, hola- balbuceó.
    -¿Querida te desperté?- preguntó el marido.
    -No importa, ¿dónde estás?
    -¡Todavía en el aeropuerto! el avión tuvo un desperfecto, pero ya lo arreglaron, en estos momentos nos llaman para embarcar. Mañana nos vemos. Chauchito.
    -Chau, chau, ¡buen viaje!- Le contestó terminando la comunicación.
Fue como un golpe inesperado. Probablemente la presión le subió a 1000. Tomó un sorbo de agua. Trató de recapacitar,  pues todo se le confundió.
Faltaban escasos cuarenta minutos para la hora del vuelo. Le resultó imposible calmarse, pues no aceptaba seguir esa vida.
No tenía ambiciones, todo era de color gris en su vida. ¿Dónde quedaron? se preguntaba, ¿Esos deseos de triunfar, de ser alguien? Las comodidades logradas ocuparon todo su mundo. ¿Amigos? pocos y especialmente los de él. Había perdido el interés por la lectura. Recordó que en su lejana juventud devoraba libros y todo papel escrito que andaba suelto. Decididamente era otra persona. No lo aceptaba, bajo ningún punto de vista.
Nuevamente el celular. El número que apareció en la mirilla no lo reconoció.
    -Hola, hola- se escuchó una voz.
    -¿Quién es? preguntó la asombrada pasajera.
    -¿Qué te pasa que no me reconoces? flacucha, ¿Te pesqué durmiendo?- dijo su amiga Inés.
    -No...no... te debo explicar, resulta que...- y en pocas y concisas palabras le contó dónde y porqué estaba donde estaba.
    -¿¿Qué?? ¿Estás loquita? ¿Que te pasa?- Casi gritaba su amiga.
    -¿Venís para acá? -¡¡No lo entiendo!!
    -Cuando llegue te contaré con más detalles, debo subir al avión, chauchito - Cortó para no hacerla más larga.
Por los parlantes anunciaron el vuelo. Debería presentarse. Quiso levantarse y empezar a caminar hacia el lugar especificado pero no pudo, las piernas no le respondieron en aquel momento. Tuvo la sensación de que la cabeza estaba por estallarle. Una fuerza interior y extraña, así lo percibía, le impidió levantarse.
Volvieron a repetir el llamado para su vuelo, especificando que era el último aviso. No pudo levantarse. Recordó, sin quererlo, todos los años de su matrimonio, los viajes de paseo, los fines de semana, los momentos íntimos, todo pasó como una película vieja.     

Cuando se recuperó, volvió al bar y pidió un café doble y fuerte.
Había transcurrido más de una hora desde la partida del avión de nuestra desdichada pasajera. Ella no lo lamentó. Ya no le importaba nada. Ni el vuelo perdido, ni su frustrado plan, ni su soso matrimonio.
Todo le resultaba sin sentido. Ella misma se dejó vencer. Los años perdidos plantaron raíces que se fijaron en un terreno fuerte aunque árido.
Llegó a su casa. Si desarmar el equipaje, corrió a la cocina y arrancó la hoja escrita. La desmenuzó en minúsculos pedacitos. Y lloró. Largo rato lloró.
Cuando a la tarde siguiente, escuchó la puerta de entrada y luego el acostumbrado:  

    -¡Ya volví pichona!- fue a su encuentro y le dio un cálido beso y un fuerte abrazo.

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*Registrado/Safecreative N°091114882370

*Imagen de la Web

Beto Brom
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